“Quisiera estar estudiando en mi país y no acá vendiendo dulces en los semáforos”

Es viernes, un día en el que por lo general nuestra jornada laboral en el equipo de UNICEF Ecuador finaliza a las 2:30 p.m. A esa hora me voy a casa, cambio el chip y me dedico a mis hijos, pero esa tarde, rompería mi rutina por un buen propósito.

Me puse mi chaleco de UNICEF y me dirigí hacia los alrededores de la terminal terrestre de Carcelén, en el norte de Quito, un lugar que en el último año ha sido testigo del incremento de población venezolana en Quito, que llega con la intención de establecerse en la ciudad y buscar un nuevo porvenir.

Carcelén fue la zona escogida para desarrollar el ejercicio de Monitoreo de Protección junto con nuestros aliados de ACNUR Ecuador y el Ministerio de Inclusión Económica y Social. Esta actividad busca identificar las necesidades de las personas en contexto de movilidad humana.

Cuando nos bajamos del carro oficial comenzó a llover y por un momento pensé que la lluvia opacaría la jornada. Nuestro objetivo era recorrer algunas calles, conversar con las familias y los niños venezolanos y conocer cómo ha sido este proceso de migrar de su país y establecerse en el Ecuador. Esta información de primera mano nos permitirá contribuir a la mejora de sus condiciones de vida.

La dinámica en la terminal de Carcelén es común en muchas ciudades de países de América Latina como Colombia, Ecuador, Perú o Chile: familias venezolanas con niños vendiendo caramelos en los semáforos de los alrededores, para ganarse unos pocos dólares diarios con que comprar alimento y reunir la cuota mensual para pagar el alquiler de una habitación.

Una de las familias con las que hablamos está conformada por una pareja de exfuncionarios del Gobierno de Venezuela; Carmen* (en estado de embarazo), su esposo José* y sus hijos Juanita*, de 7 años, y Samuel* de 12.

©UNICEF/ECU/2019/CastroJuanita* sonríe a la cámara con su muñeca Sofía.

Nos contaron que hace un año están en Quito. A diferencia de otros compatriotas recién llegados, José ya tiene su tarjeta de refugiado y Juanita y Samuel ya acceden al sistema educativo, aunque, según José, el dinero no les alcanza para uniformes, útiles escolares, ni cuotas que piden en las escuelas. “¿Con qué compro todo lo que piden en el colegio? ¿Con los dos dólares y medio que tengo en el bolsillo? Y ahora con la lluvia no sé cómo voy a reunir el dinero de la cena vendiendo caramelos en el semáforo”.

Mientras realizábamos la encuesta, Juanita, con su pelo claro y largo y su tierna sonrisa, me mostró su muñeca, a quien bautizó como “Sofía”. Me contó que un señor se la dio un día cuando estaba con sus papás en las calles de Quito. Desde ese momento no se separa de ella.

Continuamos nuestro recorrido y a unas cuadras de la terminal nos encontramos con Jesús, de 9 años, trepado en un árbol, y Estefany, de 13 años, vendiendo caramelos a los conductores en los semáforos. Ellos vienen con sus padres desde Maracaibo, estado de Zulia. Estuvieron primero en Colombia, pero su papá se lesionó la columna después de cargar bultos pesados que excedían la capacidad de su cuerpo.

“Fuimos al médico, pero ni siquiera lo tocaron para revisarlo. El doctor le dijo que tenía que dejar ese trabajo. Tampoco le pagaban bien y por eso decidimos venir a Ecuador”, nos cuenta Estefany. “Llegamos a Quito hace dos semanas, pero hay personas que nos ofenden y nos miran mal. Yo quisiera estar estudiando en mi país y no acá vendiendo dulces en los semáforos, pero allá la cosa está peor”.

©UNICEF/ECU/2019/CastroEsteafany (13 años), de Venezuela, vende caramelos en un semáforo en la zona de Carcelén, en el norte de Quito, Ecuador.

El recorrido terminó hacia las 5 de la tarde. Regresé a mi casa con muchos sentimientos encontrados. Por un lado, es inevitable que a uno no se le arrugue el corazón al conocer las necesidades de estas familias. Durante la cena les conté a mis hijos lo que vi esa tarde y cuánto deseaba que José y Carmen hubieran conseguido dinero suficiente para cenar esa noche con sus hijos Juanita y Samuel.

Por otro lado, tengo más claro que la mejor manera de ayudar a estas familias es regularizar su estancia en el país, de manera que los padres puedan conseguir trabajo, que es la mejor forma de insertarse en la sociedad ecuatoriana y contribuir a su desarrollo económico. En el caso de los niños como Jesús y Estefany, la inclusión llegará con su acceso a la educación, cuando encuentren amigos en su barrio y no tengan que jugarse la vida en los semáforos. Es imperativo cambiar esa realidad y facilitarles el camino para asegurarles un mejor futuro. Migrantes o refugiados, #AnteTodoSonNiños y están aquí para quedarse.

UNICEF Ecuador,  ha respondido a la crisis migratoria venezolana enfocándose en tres ejes: atención humanitaria para las personas en tránsito, inclusión social en el país de acogida y derechos humanos para su protección integral. La respuesta incluye acciones específicas como abogacía para la regularización migratoria de los niños venezolanos y sus familias, inclusión educativa, prevención de xenofobia y discriminación, y monitoreo de la situación de la niñez y adolescencia en temas de desnutrición aguda, crónica, anemia, acceso a agua, saneamiento e higiene y seguridad alimentaria, entre otros.

*Los nombres de Carmen, José, Juanita y Samuel han sido cambios por razones de seguridad.

 

Joaquín González-Alemán es representante de UNICEF en Ecuador.

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