“Me gustaría despertar y ver que esto nunca sucedió”

Soy Dulce Mode Ixmukane Xol Cuc, de 13 años. Vivía con mi papá, mi mamá y mis hermanos en Campur (Alta Verapaz, norte de Guatemala). Somos ocho en total. Mi papá se dedica a la agricultura. Iba cada lunes y jueves al municipio de Fray Bartolomé de las Casas, pero se cerró el camino por el agua. Mi mamá tenía su tienda, y mi hermano y yo estudiábamos. Yo cursaba 1º de secundaria. Mi hermano se supone que iba a ir a estudiar a Carchá, pero no sé si será posible por el agua. Durante la pandemia estudiamos por medio de cartas. Nuestros maestros nos dejaban tareas y nosotros lo resolvíamos en la casa.

Más que todo, este año fue el año de las vacas flacas, como dicen todos. Sabíamos sobre la tormenta. Un jueves fuimos a ver el agua, si era verdad que se estaba inundando. El agua estaba todavía detrás de la parroquia. Nosotros pensamos que no iba a llegar a más, porque hace 22 años con el huracán Mitch, hubo una tormenta también pero no hubo damnificados. Pensamos que a nadie le iba a dañar, pero lastimosamente sí nos dañó a todos. Tardamos en salir de nuestra casa porque el agua subía poco a poco.

Ese jueves fuimos a la casa de mi hermana. Ya era de noche. Como sus suegros vivían un poquito más abajo, fuimos a ayudarlos a sacar sus cosas y pensamos que no iba a alcanzar la casa de mi hermana. Nos dijimos que no iba a llegar… pero como a la una de la mañana empezó a subir más y más rápido. Le dije a una muchacha que trabaja con nosotros que me ayudara a sacar algunas cosas, porque ya no sabíamos qué hacer. Empezamos a sacar las cosas, pero la mayoría se quedaron abajo. 

En la casa de mi hermana dejamos camas, mesas, sillas y unas macetas que recién habíamos plantado. Esa casa no llevaba ni un año de estar lista y nos dolió mucho porque mi hermana tiene una deuda por construir esa casa. Se supone se iba a respaldar en eso para pagar la deuda.  

GoogleEarth - © UNICEF/UN0376271/Billy/AFP-Services Foto montaje: a la izquierda, una imagen de Google Earth del pueblo de Campur, Alta Verapaz, Guatemala. A la derecha, una imagen de un dron tomada en la misma zona el 3 de diciembre de 2020. Muchos pueblos como Campur todavía están afectados por las inundaciones o aislados.

Después, el agua llegó donde el centro de salud y nos empezamos a alterar porque no sabíamos qué hacer. Fue cuando llegó a la casa de mi primo que de pronto el agua empezó a bajar un poquito, y nos pusimos muy contentos. Pensamos que iba a bajar de una vez, pero luego nos avisaron que iba a venir otro huracán, Iota. Cuando vino ese huracán el agua empezó a subir más y más rápido, y llegó al muro de nuestra casa.  

Veníamos a dormir a la escuela. Mis hermanos no querían venirse y se quedaron durmiendo ahí. Solo logramos sacar algunas cosas porque nos confiamos. Fue duro dejar la casa. Sigue siendo duro. Al menos yo no me acostumbro a estar aquí en la escuela de Cruce Chinamá. Yo estoy acostumbrada a mi vida normal, en mi casa. Yo no sé qué hacer aquí. Siento que es una pesadilla, que nunca ha pasado. Quisiera despertarme y ver que esto nunca pasó. 

Me tocaría empezar el siguiente año escolar, 2º de secundaria, pero la verdad es que no sé si seguiré estudiando, porque no hay más escuela. Ya no tenemos parroquia, iglesia y ya no tenemos casa. No sabemos que más vamos a hacer. Aquí en el albergue cada uno prepara su comida. Solo algunas veces personas solidarias vienen a dejarnos un poquito de comida y, la verdad, es que lo agradezco mucho porque ya no tenemos muchas cosas. Pero no es lo mismo como estar en casa. 

UNICEF/UN0376017/Billy/AFP-ServicesLa escuela de Campur, Alta Verapaz, Guatemala, el 3 de diciembre de 2020. La escuela está inundada como resultado de los huracanes Iota y Eta.

Tengo una coneja que se llama Angie. Me duele verla ahí, encerrada todo el día. A veces intento sacarla, pero el problema es que hay muchos perros y me da miedo que se la coman. Por ahora es mi única amiga. Mis compañeras y amigas están en albergues diferentes. Algunas se fueron a Carchá. Nos han ofrecido alojamiento en Carchá, Cojaj, pero no queríamos alejarnos de nuestra casa… aunque ya esté debajo del agua. El único albergue más cercano es este de Cruce Chinamá. 

Una parte de nuestra casa quedó afuera, pero ya no es habitable, aunque el agua baje. No es habitable porque el bloque se anegó. Mi papá dice que si baja el agua, tendríamos que destruir nuestra casa, arreglarla con madera, porque no tenemos recursos suficientes para construir.   

Lo que más nos dolió fue ver a Campur inundarse, porque ya se estaba desarrollando. Muchos decían que iba a ser como un pueblo, como Carchá, pero lastimosamente no se puede porque la gente va a tener que destruir sus casas. Siempre vamos a vivir con este miedo.  La nueva escuela de secundaría estaba terminándose de construir. Nosotros, muchos jóvenes, niños, niñas, estábamos ansiosos de poder estar en la nueva escuela, porque se veía hermosa. Lastimosamente ya no podremos estudiar ahí. 

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Más de 6,8 millones de personas se han visto afectadas por Eta e Iota en Belice, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Panamá, entre ellos aproximadamente 2,6 millones son niños y niñas. El triple impacto de Eta, Iota y COVID-19 en los países afectados de Centroamérica ha puesto en riesgo el futuro de los niños más vulnerables como Dulce.

UNICEF, junto a sus aliados, está trabajando sobre el terreno para brindar una respuesta integral urgente, incluyendo suministro de agua, higiene y saneamiento en los albergues y comunidades, atención nutricional, protección contra cualquier tipo de abuso o violencia, así como atención psicosocial.

  

Manuel Moreno es Especialista en Comunicación de la Oficina Regional de UNICEF para América Latina y el Caribe actualmente en Guatemala. Este blog está compuesto por extractos de una entrevista realizada a Dulce Mode Ixmukane Xol Cuc el 3 de diciembre de 2020, tras el impacto de los huracanes Eta e Iota. 

  

 

 

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