Vivir al límite en Ucrania oriental

“Los ojos de mi gato estaban abiertos de par en par, él también tenía miedo”, nos dice Diana con absoluta naturalidad. Esta niña de 10 años nos está explicando lo que sucedía hace pocos días durante el intenso bombardeo de Avdiivka, su ciudad natal y primera línea en el conflicto armado del este de Ucrania durante más de tres años.

Aquí se obtiene información de primera mano sobre una violencia que sigue sin cesar y cuyos efectos se ven pocas veces reflejados en los medios de comunicación.

Edificios de apartamentos que antes fueron sus hogares, pero que tuvieron la mala suerte de estar orientados hacia la dirección equivocada, ahora dejan al descubierto enormes agujeros; ventanas de una escuela dañada y señalizaciones que dirigen a los niños hacia zonas más seguras; numerosos controles militares; frecuentes cortes de agua y electricidad; y constantes sonidos del conflicto.

Para los residentes, esta es su vida diaria. Algunas familias que viven en la parte más próxima al “punto estratégico” (el que separa las zonas controladas por el gobierno y las que no) se encuentran poco seguros en los refugios antiaéreos. La normalización del conflicto está aumentando los niveles de sensibilización de las personas, y por consiguiente los peligros físicos y mentales a los que se enfrentan.

Diana parece personificar este sentimiento. En su pequeño apartamento de una única habitación que comparte con su madre, Diana describe detalladamente cómo se olvidó de coger las llaves cuando los enfrentamientos se intensificaron, y la dolorosa decisión de tener que dejar a su gato en el apartamento.

El estrés sicológico de vivir constantemente con temor e incertidumbre está pasando factura, especialmente a los 200.000 niños y niñas como Diana que viven en los alrededores del “punto estratégico”.

La buena noticia es que Diana y muchos de sus compañeros de estudios siguen yendo a la escuela. UNICEF se está encargando de asesorar y formar a profesores y otros miembros del personal docente sobre cómo abordar la situación y ofrecer la ayuda necesaria a los jóvenes que afrontan las repercusiones de los conflictos y desplazamientos. Estas nuevas aptitudes les ayudan ahora y también lo harán también en el futuro.

El apartamento de un edificio dañado
UNICEF/UN058434/MakhniborodaUna mujer camina por delante de un bloque de apartamentos muy dañado de Avdiivka, en la región de Donetsk, Ucrania oriental. La ciudad se ha visto gravemente afectada por nuevos e intensos enfrentamientos en toda la zona desde enero de 2017.

Servicios al borde del colapso

Si se conduce desde la oficina de UNICEF en Kramatorsk, la más cercana a Avdiivka, la salida hacia la ciudad portuaria de Mariupol lleva su tiempo. El hielo del invierno se ha derretido y ha agrietado el asfalto.

Pasar por las minas de carbón y la industria pesada que destacan sobre el paisaje de Ucrania oriental hace recordar lo que está en juego. Del mismo modo que niños, jóvenes y familias sufren los ataques, también se ven afectadas las infraestructuras esenciales que proveen a la gente de los servicios imprescindibles en toda la región y en lugares más alejados.

Las estaciones de bombeo de agua y las líneas eléctricas que cruzan el “punto de contacto” sufren frecuentes daños a causa de los combates. Al cortar el agua en una zona, se reduce el acceso a otra y recursos alternativos, como el de pequeños depósitos, se agotan.

UNICEF está proporcionando el transporte de agua de emergencia, así como su distribución y el tratamiento para purificarla. También se están llevando a cabo reparaciones y mejoras con las que actualizar la ya precaria red de abastecimiento de agua y ofrecer un servicio más efectivo y eficaz en años venideros.

Cuando finalmente llegamos a Mariupol, ya casi ha anochecido y la mayoría de las luces están apagadas. Esta noche no hay suficiente electricidad para abastecer a todo el pueblo.

Sobrevivir día a día

De día nos reunimos con Andril, de 35 años, en un apartamento atestado de gente que comparte con sus tres hijos y otra familia más. Andril, minero del carbón, abandonó el hogar con sus hijos cuando la casa de su vecino fue blanco de bombardeos: “Era imposible permanecer allí por más tiempo”, explica. “Además no había trabajo”.

Aunque Mariupol ofrece una relativa seguridad y los niños van la escuela, las preocupaciones laborales continúan. Andrii encontró trabajo en una planta de carbón local, pero le cuesta esfuerzo llegar a fin de mes. “El sueldo es muy bajo. Resulta muy difícil mantener a mi familia”, dice.

El conflicto en el este del país ha reducido el poder adquisitivo de las familias, muchas de las cuales han perdido los ingresos, las propiedades y las tierras. “Estamos sentados sobre un barril de pólvora. Aún tengo dos niños pequeños a los que mantener”, dice Andrii en tono de desesperación.

Un hombre y tres niños salen juntos de un edificio de apartamentos
UNICEF/UN058266/KozalovAndrii abandona el bloque de apartamentos en Mariupol y se dirige al parque infantil del barrio con dos de sus hijos pequeños y el niño de un familiar. Andrei, de 35 años, huyó con sus tres hijos de Horlivka, su ciudad natal, cuando una bomba destruyó la casa del vecino.

De regreso a Hranitne

Al día siguiente dejamos la ciudad y nos dirigimos a Hranitne, un pequeño pueblo situado literalmente entre los dos lados del conflicto. Hace 18 meses estuve aquí con un equipo de UNICEF Ucrania y pasé un tiempo con la joven de 17 años Dasha y con su madre. Ahora hemos vuelto para ver cómo se encuentran.

La casa y su entorno siguen prácticamente igual, aunque los sacos de arena que protegían las ventanas de la cocina ya no están. Pregunto por qué y Dasha me explica que como uno de ellos estaba perdiendo arena quitaron todos.

El sótano todavía está preparado para hacer las veces de refugio antiaéreo. En esta oscura, fría y húmeda habitación Dasha reflexiona: “Cuando te sientas aquí no sabes si vas a poder salir alguna vez”. Es la tensión que provoca el conflicto y los niños, niñas y la gente joven de toda la zona viven día a día con ella. Pero también existe una extraordinaria capacidad de resistencia y Dasha se centra en los exámenes finales del curso escolar: “Quiero tener una buena formación y entrar a la universidad porque deseo un buen futuro para mi familia y para mí misma”, dice Dasha.

Mientras dejamos Hranitne se escucha el estruendo de los bombardeos. Me acuerdo de los sacos de arena y pienso que ojalá estuvieran otra vez en su sitio.

En medio de los estragos y la incertidumbre que el conflicto genera aún hay esperanza. Diana y sus compañeros están decididos a seguir sus estudios y actuar activamente en la formación de un futuro más estable. Andrii está centrado en hacer lo que sea para que sus hijos “tengan una vida próspera y feliz”. Dasha estudia mucho para hacer realidad su sueño de ir a la universidad.

Pero no hay ninguna certeza en lo que suceda después. Como dice Andrei: “¿El futuro? Eso es un enigma. No se puede predecir”.

Toby Fricker es especialista en comunicación; como parte de un equipo de respuesta a emergencias, presta sus servicios ayudando a COs y ROs en temas de comunicación y promoviendo la preparación y respuesta humanitarias.

 

 

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