Una travesía por la supervivencia

Mi familia duró ocho días caminando y cinco de ellos sin comer, en medio de la selva del Darién, en Panamá. Avanzábamos sin rumbo. Yo era consciente de que estábamos en el límite de nuestras fuerzas.

Aun así, no dejaba de pedirle a mi hijo Daniel, de 10 años, que siguiera avanzando a pesar de su afección cardiaca. A David, de 7 años, le rogaba no detenerse, aunque sabía que la hipoglicemia que padecía podía descompensar su organismo en cualquier momento. Mi esposa Alexandra y yo nos turnábamos para cargar a nuestra hija Daniela, de 2 años.

—Somos mejores que el aventurero Bear Grylls, mejores que los sobrevivientes de los realities —les decía—. Nosotros no tenemos GPS, ni camarógrafo ni nadie que nos ayude, y aun así lo vamos a lograr.

Aparte de mis voces de aliento que llenaban de energía a los niños y los ponían a soñar con un mundo de pasteles, manzanas y juguetes como premio por su travesía, mi esposa y yo sabíamos que estábamos perdidos. Nos movíamos como autómatas en medio del barro y la lluvia continua.

Temía por sus vidas. Un par de días atrás mi hijo mayor había perdido el conocimiento y se nos había caído por un barranco. Se había salvado porque quedó colgado entre dos ramas sobre el precipicio. Vivimos momentos de intensa angustia en los que alcanzamos a pensar que su afección cardíaca nos lo quitaría.

UNICEFDaniel, el hijo mayor de José, tiene una afección cardíaca.

“La peor pesadilla de mi vida”

Ni yo me creía lo que les decía, pero los animaba en los momentos de mayor riesgo, como cuando caminamos sobre las piedras inestables de los ríos crecidos, nos resbalábamos en las montañas de barro, la noche nos sorprendía en la intemperie, cruzamos riscos pegados a la montaña para no caer al abismo o cuando nos quedamos solos y sin comida. Si ahora lloro al recordar esos momentos es porque ha sido la peor pesadilla que he vivido en mi vida.

También les oculté la parte más cruda: los cuerpos diseminados en el camino de las personas que no pudieron completar la travesía. Tampoco les hablé de los asaltos a los migrantes, a quienes les robaban lo poco que tenían. A nosotros no nos quitaron nada porque no teníamos nada.

Mi esposa perdió diez kilos tras ocho días en la selva. Yo tenía una pierna hinchada y un desgarro muscular, y si avanzaba era para que mis hijos no se dieran cuenta de que su papá no podía más con su propio cuerpo. Mis tres hijos habían perdido peso, pero al menos a ellos logramos darles en las primeras noches puñados de lentejas sin sal, hervidos con agua de río, para que pudieran resistir la travesía.

Al octavo día vimos plantaciones de plátano y pensamos que estábamos cerca de algún asentamiento humano. Celebramos, hasta que nos dimos cuenta de que nos faltaba cruzar un río. Habíamos llegado a un punto llamado Tres Bocas, pero no sabíamos hacia dónde dirigirnos. Llevábamos una semana caminando, a pesar de que los traficantes nos habían jurado que el viaje iba a ser de un solo día.

 

Migrar por la salud de los niños

En ese punto habíamos entendido el absurdo de nuestra decisión de cruzar la selva del Darién con dos niños enfermos y una bebé de dos años, sin dinero, comida ni la claridad de cuánto tardaría el viaje. Lo habíamos hecho porque el desespero de nuestra situación en Venezuela nos llevó a migrar a Colombia dos años atrás.

Yo salí primero hacia Cali. Dormí en la calle hasta que conseguí un trabajo. Mi esposa lo hizo cuando David tuvo tres eventos de coma diabético que nos hicieron temer por su vida, y Daniel sufrió un dolor intenso en el pecho un día que mi esposa hacía fila para comprar harina. En Cali, su vida cambió. No teníamos mucho, pero veían cosas nuevas. Quisieron volverse youtubers y probar frutas que no conocían sino en video, como las peras y las manzanas. Mi esposa, de profesión enfermera, se dedicó a arreglar flores y las vendía en la calle. Yo arreglaba los baldes. La gente nos ayudó y nos compartió regalos para los niños, sobre todo en Navidad. Fueron tantos que nos alcanzaron para darles a otros niños en Venezuela. Mis hijos pudieron estudiar y en general, la gente fue muy amable con nosotros. Hasta que la situación en Colombia empeoró y decidimos buscar un nuevo destino.

Llegamos a Medellín, cruzamos a pie la ciudad hasta Santa Fe de Antioquia y tuvimos suerte de que nos llevaran hasta Turbo, en la costa atlántica colombiana. Me ofrecieron traficar con estupefacientes, pero no lo hice: primero mis niños. Nuestro objetivo siempre fue llegar a México, así que seguimos avanzando, comiendo algo de lentejas y arroz, negociando los pasajes gracias a la solidaridad de todos, incluso de los traficantes, que nos metieron en las lanchas sin costo porque nos vieron sin recursos de ningún tipo.

Así fue como empezamos esta travesía. Desde la policía migratoria de Colombia y Panamá, hasta los traficantes y los mismos migrantes sabían que habíamos emprendido camino por la selva. En un punto dado, todos nos dieron por perdidos.

  En ese punto habíamos entendido el absurdo de nuestra decisión de cruzar la selva del Darién con dos niños enfermos y una bebé de dos años, sin dinero, comida ni la claridad de cuánto tardaría el viaje

UNICEFDespués de ocho días de caminata por la selva del Darién, cinco de ellos sin comer, la familia de José fue trasladada a un albergue en Panamá, gracias a la ayuda de UNICEF.

Apoyo de UNICEF

En Tres Bocas, cuando el último río nos cerró el paso, otros caminantes nos alcanzaron y nos ayudamos a pasar, con las manos trenzadas, haciendo una cadena. Luego caminamos 200 metros y encontramos la guarnición militar de Bajo Chiquito, en Panamá. Me arrodillé y lloré de emoción. “Llegaron los venezolanos”, repetían entre sí los encargados del Servicio Nacional de Fronteras, mientras nos ofrecían algo de comer. Los funcionarios esperaban saber de nosotros y ya juraban entre sí que no lo lograríamos.

Fue entonces cuando nos hablaron de UNICEF, que medió para que consideraran nuestro caso debido al principio de interés superior de los niños, pues su condición de salud era prioritaria.

Fuimos trasladados a un albergue temporal para que pudiéramos encontrar un techo, tener alimento, recuperarnos física y anímicamente y recibir orientación legal para poder adelantar trámites migratorios.

El apoyo de UNICEF ha sido decisivo en Panamá. Aquí enfrentamos actualmente dificultades para integrarnos como familias migrantes ante la ausencia de leyes que protejan a la niñez o a los trabajadores migrantes, por lo cual no podemos trabajar ni continuar hacia México. Si nos quedamos, quizás no podremos cuidar de nuestros hijos. Ante esas dificultades, su apoyo ha resultado decisivo.

En el albergue ya no tengo que mostrarme fuerte. Llorar me libera. Todavía me asaltan las pesadillas de perder a mis hijos y revivo esos momentos duros que no repetiría jamás. Lo hice para darles una vida mejor. Todavía los tres esperan su premio por cruzar la selva mejor que Bear Grylls.

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UNICEF tiene presencia en el Darién desde el 2018 con programas de agua y saneamiento, salud y nutrición, y protección infantil, y ha establecido relaciones con actores locales y nacionales, gubernamentales y no gubernamentales para que los derechos de los niños y adolescentes migrantes sean garantizados.

 

*Nombres cambiados.

 

Enrique Patiño es consultor de Comunicación en la Oficina Regional de UNICEF para América Latina y el Caribe.

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