¿Una generación perdida?

Si mis nietos estuvieran usando juegos de video violentos, yo sé que me preocuparía de los efectos que podrían tener sobre ellos.

Imagínese los efectos sobre los niños de Siria –o de la República Centroafricana, o de Sudán del Sur– cuando los horrores y la violencia que ven no son virtuales, sino reales*.

Rodeados por este tipo de violencia, los niños sirios –millones de los cuales no reciben la educación ni el asesoramiento que necesitan para superar los traumas que han sufrido– corren el riesgo de convertirse en una generación perdida.

Perdida, debido a que muchos de estos niños están perdiendo la oportunidad de cumplir sus sueños. Perdida, debido a que muchos de estos niños podrían llegar a considerar la violencia y el odio como algo normal, y repetirlos en la edad adulta. Una generación que podría endurecerse en lugar de sanar sus heridas, y buscar la venganza en lugar de la reconciliación. Esta amenaza a toda una generación de niños, y por lo tanto al futuro de Siria, es real.

Pero ¿qué ocurre con nosotros?

Al acercarnos al tercer aniversario sombrío del conflicto en Siria, nosotros los adultos vemos escenas horribles de sufrimiento en la televisión y en vídeos que alcanzan una gran difusión. ¿Nos están inmunizando estas imágenes contra el horror? ¿Estamos perdiendo la sensibilidad humana que debe rebelarse ante el sufrimiento de los niños y por lo tanto despertar un sentimiento de indignación que lleve a que la gente de todo el mundo exija la acción de los gobiernos y las partes involucradas? Acción para poner fin al conflicto, para permitir el acceso a todos los necesitados… y para apoyar la respuesta humanitaria no sólo en Siria, sino también en otras graves situaciones de emergencia.

En definitiva, ¿corre también nuestra generación – nosotros, que estamos fracasando en la tarea de detener el sufrimiento o de hacer frente adecuadamente a las consecuencias humanas de la matanza– el riesgo de “perderse”?

Desde nuestros orígenes, los seres humanos hemos sido muy adaptables. A veces, demasiado. ¿Estamos ahora adaptándonos a un gran costo al cambio climático, en lugar de hacer todo lo posible para prevenirlo? ¿Y estamos adaptándonos a un mundo de creciente violencia, en lugar de armarnos con la voluntad necesaria para poner fin a esa violencia y evitarla?

Asumir que esto es así podría convertirse en una profecía del pesimismo cuyo cumplimiento se hace inevitable.

He conocido a niños en todo el mundo que, incluso en las circunstancias más terribles, hablan con esperanza sobre sus deseos de convertirse en médicos, maestros, líderes del cambio. Acerca de un mundo mejor que el que está viendo ahora.

Nosotros, los adultos, les debemos algo más que la apatía de adaptarnos a las situaciones actuales o futuras que puedan ocurrir en lugares como Siria, Sudán del Sur, o la República Centroafricana. Tenemos que aprovechar el sentido de la esperanza y la determinación de los niños, y equipararlos con nuestro propio sentimiento de indignación. La indignación colectiva que exija el fin de estos conflictos. Que diga, finalmente, ¡Ya basta!

Sentadas en una alfombra sobre el suelo de tierra, unas niñas completan sus tareas frente a la tienda de campaña que les sirve de casa, en el campamento de refugiados sirios de Kawergosk, al oeste de Erbil, la capital de la región del Kurdistán, Iraq.
© UNICEF/NYHQ2013-1012/RomenziSentadas en una alfombra sobre el suelo de tierra, unas niñas completan sus tareas frente a la tienda de campaña que les sirve de casa, en el campamento de refugiados sirios de Kawergosk, al oeste de Erbil, la capital de la región del Kurdistán, Iraq.

*Sitio web en inglés

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