“Tuvimos que huir de Siria para que mis hijos pudieran sobrevivir”

Son muchas las historias que encontramos en el centro de acogida de refugiados e inmigrantes de Gevgelija, en la antigua República Yugoslava de Macedonia. Cada niña, cada niño, cada hombre y cada mujer que pasa por aquí tienen algo que contar. Hay historias de guerra y adversidad, de escuelas y hogares bombardeados. Y en esas historias hay muchos villanos y muy pocos héroes.

Además, el hilo que entrelaza todas y cada una de las historias es el de la pérdida, que ha traído consigo una nueva realidad en la que desaparecen hogares, comunidades, amigos y familiares queridos. La nueva realidad es un viaje interminable por un continente extraño, haciendo colas caóticas en controles fronterizos, y no tiene nada que ver con los entornos conocidos que ya quedaron atrás en lugares como Alepo, Homs y Mosul. La nueva realidad no es fácil de aceptar.

Naham ha llegado desde Idlib, Siria. A esta madre de 37 años no le preocupa tanto esa nueva realidad como el futuro de sus hijos Manar (10), Mohammed (12) y Moustafa (15). “Tuvimos que huir de Siria para que mis hijos pudiesen sobrevivir”, explica. “Sé que si nos hubiésemos quedado, ellos habrían muerto”.

Naham recuerda que el conflicto de Siria acabó con su ciudad. “La guerra llegó hasta Idlib, parecía que los combatientes habían elegido nuestra ciudad para reunirse. Las Fuerzas Armadas sirias, Daesh, Al-Nusra… luchaban unos contra otros, pero se llevaban por delante a gente inocente. En nuestro barrio cayeron muchas bombas y destruyeron escuelas, mezquitas y bazares”.

Una de esas bombas dejó una herida emocional incurable en Naham, que sufrió la que probablemente es la pérdida más dolorosa que alguien puede experimentar en la vida: la muerte de un hijo. Se le llenan los ojos de lágrimas al relatar en voz baja y muy despacio cómo el estallido de una bomba arrebató la vida de Ahmed, su hijo pequeño, de cuatro años, mientras el pequeño caminaba por la calle con su tía.

“Nuestra familia también pasó buenos momentos en Siria”, explica.

Antes de la guerra, Naham fue profesora de educación física en una escuela local durante 12 años. Su marido era contratista y fontanero. La vida les iba bien: tenían una casa bonita y algunos ahorros. Esos ahorros fueron los que ayudaron a que Naham y sus hijos pudieran marcharse de Siria después de la muerte de Ahmed.

“En cierto modo tuvimos suerte, porque disponíamos de algo de dinero”, dice Naham. “El viaje es muy caro, y hay mucha gente que se ha tenido que quedar en Siria porque no tienen medios para marcharse”.

De hecho, los refugiados que realizan el largo y peligroso viaje de Siria e Iraq hasta Europa están obligados a pagar sumas, a veces desorbitadas, para llegar a las islas griegas. Muchos de ellos deben pagar a las milicias y a los grupos armados para conseguir pasar los controles fronterizos al salir de Siria o Iraq para cruzar a Turquía. Las familias toman autobuses o taxis desde la frontera hasta la costa turca, donde embarcan en la parte más peligrosa del viaje: el trayecto por mar para atravesar el Egeo.

“Cada adulto tuvo que pagar más de 1.300 dólares a los traficantes de Izmir (en la costa de Turquía) por una plaza en la barca. Los niños pagaron la mitad”, explica Naham. “En realidad, era más bien como una colchoneta flotante. Nos dieron una clase de quince minutos para enseñarnos cómo navegar y cómo utilizar el motor fuera de borda. Después, nos dejaron hacerlo solos. Éramos los capitanes”. Naham y los demás adultos tuvieron que pagar 300 dólares adicionales para cambiar a lo que, según ellos, sería una embarcación más robusta.

Había 27 personas a bordo, de las que un tercio, aproximadamente, eran niños. El mar estaba agitado y pasaron por tres momentos distintos en los que los adultos pensaron que la barca se volcaría. “La gente estaba aterrorizada”, recuerda, “yo no tenía miedo de morir, tenía miedo por mis hijos. No podía permitir que murieran allí”.

Pasadas más de cuatro horas, llegaron a las costas de Kos, en las islas griegas. Desde allí, tomaron un ferry que los llevó a Atenas, y tomaron un autobús hasta la frontera con la antigua República Yugoslava de Macedonia, donde cruzaron a Gevgelija. Allí, una vez registrados en el centro de acogida, Naham y su familia se montarán en un tren hacia Serbia. Por último, esperan llegar a Alemania y asentarse allí, aunque también consideran solicitar asilo político en Canadá.

“No sabemos dónde acabaremos”, dice Naham, “lo único que sé es que mis hijos estarán a salvo y, si Dios quiere, podremos empezar una vida nueva juntos con mejores esperanzas para el futuro”.

Christopher Tidey es Especialista en Comunicaciones establecido en la sede de UNICEF en Ginebra.

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