Tres años sin hogar

“Soy de Zummar, un pueblo cercano a la frontera siria. Hace tres años mi familia y yo tuvimos que marcharnos de allí por los misiles y todo eso. Era muy peligroso, así que nos fuimos a Mosul”.

“En Zummar iba a la escuela, pero en Mosul no voy. No sé leer ni escribir. La verdad es que ya no me acuerdo porque hace mucho tiempo que no voy a la escuela, así que ¿cómo voy a regresar?”

Rayan es delgado, tiene una voz de niño y habla fuerte para que se le oiga en medio del charloteo de los que esperan bajo la lona de plástico de una tienda que sirve de centro de recepción para quienes huyen de Mosul.

Entra el sol del mediodía y los trabajadores reúnen agua y comida afanosamente para distribuirla a los recién llegados. Rayan parece distante a su propio sufrimiento.

“Hace 10 días que salimos de Mosul. Era como otro día cualquiera en el que no sabíamos si íbamos a sobrevivir. No pensé realmente en que nos íbamos, tenía la mente en blanco, así que agarré mi bolsa y salí por la puerta. Solo nos llevamos nuestra ropa”.

Él y su familia fueron de los primeros a los que desplazaron con la escalada de la violencia en Irak a mediados de 2014. En ese momento, Mosul todavía era un lugar seguro, y por eso su familia buscó refugio en la ciudad. Pero la violencia los volvió a obligar a irse.

 

UNICEF SparksSolo llevan unos meses desplazados, pero Hussain se ha convertido en el único sostén para una familia de 15. Gana dinero transportando artículos de socorro para las familias recién llegadas al campamento de Hamam al-Alil, a unos 35 kilómetros al sur de Mosul.

Pobreza y sueños rotos

 “Como hace bastante calor, la gente no quiere tener que cargar con sus pertenencias hasta sus tiendas. Para eso estoy yo, que me encargo de transportar cosas por el campamento en mi carretilla. Me pagan entre 250 y 500 dinares iraquíes (entre 20 y 40 dólares)”.

Hussain espera en su carretilla sentado y con los pies colgando para que lo vea alguna de las personas que hacen fila para recoger agua, kits de higiene y una caja de comida proporcionada por UNICEF junto con otros organismos de las Naciones Unidas, como el PMA y el UNFPA.

“En un día bueno puedo ganar unos 1.500 o 2.000 dinares, que me dan para comprar hielo y dos kilos de tomates y pepinos”, dice Hussain. Una cantidad apenas suficiente para una familia de 15.

Para este calor asfixiante el hielo es un producto básico que se puede comprar en bloques, además de ropa, fideos, productos frescos, enseres domésticos y, ocasionalmente, pollo asado, en puestos temporales o en la parte trasera de los camiones que rodean el campamento.

Hace tres meses Hussain y su familia escaparon de Baadosh, un pequeño pueblo a 25 kilómetros al noroeste de Mosul, y ahora viven en el campamento de Hamam al-Alil. Él no está seguro de cuántos años tiene, pero es el único sustento de su gran familia.

Para él, recibir una educación no es más que un sueño del pasado.

“La verdad es que no quiero volver a la escuela, porque soy el único que tiene trabajo. Si lo dejara, mi familia no podría sobrevivir”.

 

Una esperanza que no cesa

Miriam es una mujer pequeña de opiniones fuertes y sonrisa fácil. Para ella, el conflicto de Irak habrá terminado cuando sus hijas y otros niños desplazados regresen a la escuela.

Su tercera hija, Nora, vestida entera de rosa, nos cuenta que quiere regresar a la escuela para poder ir a la universidad y llegar a ser profesora de árabe, como su tío y su abuela. Nos dice con orgullo que los dos tienen estudios de licenciatura y son profesores, y ella quiere ser como ellos.

Las hermanas mayores de Nora tienen las mismas formas de su madre: la facilidad para sonreír y el modo de decir lo que piensan. “Así ayudaremos a Irak. Iremos a la escuela, recibiremos una educación y después transmitiremos nuestros conocimientos. Así podremos ayudar a la gente”, dice Hanan, que tiene 14 años.

A pesar de estar llenos de polvo, hambrientos y agotados por el trayecto bajo el sol abrasador hasta el campamento, los cuatro, el menor asomándose de detrás de la falda de su madre con unos ojos grandes marrones y una pequeña sonrisa, reflejan una firme determinación por labrarse un futuro para sí mismos y para el país.

“Por supuesto que mis hijas regresarán a la escuela. Tienen que hacerlo. Estudiarán y tendrán buenos trabajos. Si no, ¿de qué otra forma podremos salir de esta?”, se pregunta Miriam.

 

Una elegía

 “He perdido a dos hijos en conflictos: uno bajo el régimen de Saddam Hussein y el otro en este. Parece que siempre que pasa algo en Irak yo tengo que sacrificar a uno de mis hijos”, a Houda se le quiebra la voz y esconde el rostro tras los pliegues de su hijab negro.

Houda y su hija adolescente, Sara, están sentadas en una tienda que hay abierta para ofrecer a la gente un respiro del calor de 40 grados del mediodía en el campamento de Hamam al-Alil, a unos 30 kilómetros al sur de Mosul.

Vestidas con abayas y pañuelos negros, esperan en medio de una multitud de mujeres y niños en la abarrotada zona de tránsito que hay a la entrada del campamento.

UNICEF SparksHouda, su marido y su hija regresan a Mosul desde Hamam al-Alil (a 35 kilómetros al sur de Mosul). Reciben suministros para ayudar a cubrir la falta de recursos que hay en la ciudad.

“Mi hijo estaba trabajando en el hospital y lo obligaron a seguir haciéndolo sin cobrar. Le dijeron que si dejaba de trabajar, nos quitarían la casa”.

“Cuando nos fuimos, él no pudo aceptar que sus tíos no viniesen con nosotros, así que regresó para llevárselos. Cuando venían de camino, cayó un misil que lo mató”.

 

La batalla del denominado Estado Islámico para recuperar Mosul comenzó en octubre, y a principios de julio el gobierno iraquí declaró la victoria ante sus oponentes. El número de vidas humanas perdidas en el conflicto es desolador. Desde principios de junio, más de 790.000 personas han sido desplazadas de la ciudad; la mitad de ellas, niños. Aunque el conflicto está perdiendo fuerza, se prevé que los desplazamientos y los movimientos de población continúen, y UNICEF está trabajando a contrarreloj para ayudar a las familias.

 

Jennifer Sparks es Consultora de comunicaciones para UNICEF en Irak y ha trabajado cubriendo operaciones humanitarias en Oriente Medio y el Norte de África.

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