Tras ser puestos en libertad por grupos armados, los niños aprenden a ser niños

Sentado en el suelo en el centro de Bambari, en la República Centroafricana, donde se alojan de manera provisional niños que estuvieron asociados con agrupaciones armadas, Jonathan*, de 16 años, observa el contenido de una gran bolsa repleta de “jujus”, como collares, brazaletes y pequeños morrales.

“Este amuleto me protegía de los proyectiles de los Kalashnikov”, explica, “y este otro me tornaba invisible al enemigo”. Le rodean varios niños a los que les sorprende mucho que Jonathan comparta tamaños secretos con extraños. Jonathan toma un cuchillo y abre de un tajo uno de los amuletos. Se escuchan un murmullo del grupo que le rodea. Jonathan levanta la mirada, sonríe y dice: “Ahora estamos a salvo. Ya no necesitamos nada de esto”.

Yo fui testigo, hace unos dos meses, de la liberación de estos niños por parte de uno de los grupos armados que participaron en el conflicto de la República Centroafricana, que causó el desplazamiento de cientos de miles de personas. Estos niños estaban con la agrupación Anti-Balaka, que se creó como milicia de autodefensa contra Ex-Seleka, un grupo mayoritariamente musulmán que se apoderó brevemente del poder en la República Centroafricana en 2013.

En esta foto, tomada en mayo de este año, se ve a los niños asociados con la agrupación Anti-Balaka minutos antes de su liberación.
En esta foto, tomada en mayo de este año, se ve a los niños asociados con la agrupación Anti-Balaka minutos antes de su liberación. ©UNICEF CAR/2015/Le Du

El 14 de mayo, en Bambari, un pueblo de la región central de la República Centroafricana, ambos grupos liberaron a 357 niños que habían prestado servicio en sus filas. Pese a que todos los niños fueron puestos en libertad por Anti-Balaka y Ex-Seleka el mismo día, ambos grupos fueron enviados a dos centros de refugiados en tránsito diferentes. Aunque en Bambari ahora reina la paz, sigue siendo un pueblo de la primera línea de batalla, dividido en dos sectores por un río. Sólo ahora, los pobladores de ambas comunidades han comenzado a cruzar durante el día el puente que une a ambos sectores para ir a los mercados, aunque al atardecer todos los pobladores regresan a las partes de Bambari donde residen.

El día de la liberación de los niños, nos adentramos en el bosque lo más cerca posible de sus bases para servirles simbólicamente de escolta durante su regreso a la libertad. Era una tarde cálida y húmeda. El comandante, que vestía una camiseta rasgada adornada con el rostro de Bob Marley, nos esperaba en un claro del bosque. Le rodeaban 181 niños harapientos, en algunos casos de apenas seis o siete años de edad. Estaban camuflados con hojas y tenían los rostros cubiertos de lodo negro. Todos guardaban silencio.

A una señal del comandante, los niños se quitaron el camuflaje, dejaron caer sus cuchillos al suelo e iniciaron la marcha. Tomándome de la mano, el comandante me dijo mientras señalaba a un niño muy pequeño: “¿Ves a ese pequeñito? Tiene solamente siete años. Lo dejo en tus manos, pero tienes que vigilarlo celosamente… porque ya sabe matar”.

Juego de damas en el centro de refugiados en tránsito.
©UNICEF CAR/2015/Le DuJuego de damas en el centro de refugiados en tránsito.

Ahora, cuando llego al centro donde están alojados los niños, veo a decenas de ellos bailando en un descampado desde donde llegan los sonidos de canciones tradicionales y de tambores y trompetas. Otros niños juegan al fútbol mientras otros más se sientan a la sombra, concentrados en sus partidas de damas. Reconozco a varios. Son los mismos niños que en mayo último eran la personificación de la solemnidad y la confusión. Hoy, sin embargo, están sonrientes.

En su mayoría, estos niños tienen familias que viven cerca, de manera que pasan la noche con sus parientes tras permanecer durante el día en el centro, donde reciben apoyo médico y psicosocial. También mantienen largas conversaciones con trabajadores sociales que les ayudan a superar las experiencias que han vivido y a comprender que fueron víctimas, además de explicarles que deben dejar atrás la violencia.

En el campamento también se ha evaluado el nivel de educación de cada niño, y aquellos que están en condiciones de recibir educación escolar participarán en breve en cursos de recuperación que cuentan con el apoyo de UNICEF. De esa manera podrán reanudar normalmente su educación en octubre, cuando se inicie el nuevo año escolar. Los que no puedan recibir de inmediato educación escolar participarán en programas de aprendizaje acelerado y en cursos de capacitación laboral.

Los niños del centro de refugiados en tránsito juegan al fútbol.
© UNICEF/NYHQ2012-0884/SokolLos niños del centro de refugiados en tránsito juegan al fútbol. ©UNICEF CAR/2015/Le Du

Joachim, que dirige una ONG local a cargo del cuidado de los niños, explica por qué estos decidieron espontáneamente llevar los amuletos al centro a pocos días de ser liberados. “Les habíamos estado diciendo que tenían que olvidarse de la guerra”, explica. “Pero nunca les pedimos que hicieran eso. Ellos decidieron por su cuenta que ya no necesitaban los amuletos. Fue una manera de dejar atrás lo que habían vivido”.

Iniciar una nueva vida nunca es fácil, especialmente si uno es un niño que vive en un campamento de refugiados y que ha presenciado, o llevado a cabo, cosas que ningún ser humano debería ver o hacer. Los 357 niños liberados en mayo en Bambari por los grupos armados Anti-Balaka y Ex-Seleka tienen por delante un largo camino que recorrer.

Tras haberse logrado que todas las facciones involucradas en el conflicto acordaran dejar en libertad a todos los niños en sus filas, UNICEF trabaja para garantizar que las ceremonias de mayo pasado se repitan en todo el país. Teniendo en cuenta que todavía hay entre 6.000 y 10.000 niños en esas agrupaciones armadas, se espera que en el futuro se descarten muchos amuletos más.

Donaig Le Du es la Jefa de Comunicación de la Oficina de UNICEF en la República Centroafricana.

*El nombre ha sido cambiado para proteger la identidad.

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