Un testimonio desde Madaya, Siria

Mientras conducía hacia Madaya en un convoy que recorría cientos de metros de la carretera serpenteante de Damasco, se me hizo un nudo enorme en el estómago. La incertidumbre sobre lo que nos encontraríamos allí y el recuerdo de las horribles imágenes de niños demacrados rogando con la mirada una tregua en este asedio me hacían sentir una preocupación de esas que calan en los huesos.

Al pasar por las ciudades inmediatamente anteriores a Madaya, el silencio se volvía inquietante. Calle tras calle veíamos restaurantes abandonados, tiendas con las persianas echadas y oxidadas, casas cerradas con candado, jardines llenos de malas hierbas y arbustos secos que hacía mucho que se habían vuelto de color marrón. El vacío y el abandono eran totales.

Tras varias horas de espera en los controles de seguridad, comenzamos a entrar poco a poco en Madaya cuando el sol ya se estaba poniendo. De repente vi algo que me impresionó y me hizo preguntarme si estaba en el lugar que yo creía. Mientras conducíamos lentamente por la ciudad, y aunque ya era tarde, vimos llegar coches de las Naciones Unidas con banderas que ondeaban alto seguidos de camiones y más camiones llenos de suministros vitales. Había niños por todas partes que corrían tras el convoy sin poder contener su emoción. Las mujeres observaban desde los balcones y los hombres permanecían firmes en la calle mostrando cierta desconfianza, aunque ligeramente aliviados de que estuviéramos allí. Todos ellos hacían de escolta de los vehículos allá por donde estos pasaban.

En cuanto nos bajamos, comenzamos a descargar suministros. El equipo de UNICEF se apresuró a montar la clínica de salud provisional. Como si siguieran al flautista de Amelín, las mujeres y los niños se nos acercaban clamando el nombre de la médico de UNICEF que recordaban del último convoy: “¡doctora Rajia! ¡doctora Rajia!”. Estaban felices de volver a verla y esperaban que trajera medicinas y alguna noticia para ellos. Formaron una fila al exterior de la clínica, dispuestos a esperar cuanto fuera necesario para verla.

La doctora Rajia atendió a un paciente tras otro, y todos ellos le contaban sus historias. Había padres que aseguraban que sus hijos habían dejado de comer porque sus cuerpos ya no toleraban alimentarse solo de arroz y judías. Algunos niños ya no podían caminar derechos por falta de vitamina D y de micronutrientes, y sus huesos estaban plagados de raquitis. Otros habían dejado de crecer por completo y estaban atrofiados por la falta de las vitaminas esenciales. Una madre nos mostró el biberón de su bebé, que contenía agua de arroz, y la tetina estaba tan desgastada que había que coserla. “Mira con qué estoy alimentando a mi hijo”, nos dijo.

Casi todas las personas con las que hablamos pedían proteínas: carne, huevos, leche, verduras; algo que los mantuviera en pie y que no fueran los alimentos secos de los que disponían. Otra madre explicó que cada vez que su hija olía el bulgur hervido se ponía a llorar.

La médico nos informó del aumento de casos de aborto, con un total de 10 en los últimos seis meses debido al estado nutricional de las madres. Solo durante el año pasado, tuvo que realizar más de 60 cesáreas. Esa cifra era inimaginable antes de la crisis, según nos dijo. Sin embargo, las mujeres ya no tienen fuerza para dar a luz y muchos embarazos duran más de lo normal a causa de la salud precaria de las mujeres embarazadas.

Un hombre joven carga dos sacos.
UNICEF/2016/SyriaPor fin, se descargan los suministros en Madaya.

En esta ocasión vimos que la malnutrición estaba menos extendida que otras veces. No fue la demacración física lo que nos impactó, sino la psicológica. Los médicos denunciaron 12 casos de intentos de suicidio, ocho de ellos por parte de mujeres. El asedio prolongado estaba llevando a algunas personas al extremo, ya que muchas de ellas veían la muerte como única salida. El trabajador local de la salud nos volvió a contar algunas historias: una madre de cinco hijos que se dio cuenta de que ya no podía alimentarlos ni cuidar de ellos; un estudiante de instituto al que le impedían salir de Madaya para presentarse a los exámenes nacionales; una recién casada de 21 años que había perdido a su marido en el conflicto y no tenía fuerzas para seguir adelante sola; una niña de 16 años que era incapaz de imaginar su futuro en medio del infierno en el que vivía. Estaba claro que los mecanismos de supervivencia de la gente estaban empezando a minarse tras someter su resiliencia a una verdadera prueba de fuego por un asedio que temen que no tenga fin.

Los médicos y los trabajadores de la salud, sin embargo, demostraban tener auténtica resiliencia trabajando en condiciones desastrosas sin contar con los equipos y materiales más esenciales. Uno de los médicos nos contó que ahora recurre al gel capilar para los ultrasonidos, ya que no dispone del gel médico necesario para realizar la mayoría de los exámenes más básicos. Además, nos mostró la sala en la que opera: una mezcla de plásticos, estantes de madera antiguos y material quirúrgico dispuesto en bandejas que esterilizaba con llamas de fuego porque se había quedado sin alcohol. Aun así, continúa, porque no hacerlo no es una opción.

Y en medio de todo este sufrimiento, conocí a una niña de 10 años. Aunque estaba desnutrida, sonreía a la doctora Rajia y se mostraba encantada de volver a verla. Le pregunté por la escuela y por lo que quería ser de mayor. Ella me miró con unos ojazos marrones llenos de esperanza y me dijo: “Quiero trabajar contigo”. Estuvo dando vueltas por la clínica hasta que se atendió al último paciente, y cuando subimos las escaleras para salir me agarró de la mano y me la sujetó bien fuerte. Nos dirigimos a la calle y desapareció con su madre en la oscuridad. Rezo por volver a verla en un Madaya que, algún día, vuelva a ser un lugar abierto.

Mirna Yacoub es Representante adjunta de UNICEF en Siria.

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