El regreso de Sabah a la escuela

Era 2014 cuando conocí a Sabah, una tímida niña de 11 años que ya había debido desplazarse varias veces en su corta vida.

Sabah y su familia se vieron obligadas a abandonar su hogar cuando comenzó la violencia en su pueblo, Hayyan, en una región rural al norte de Alepo. Pasaron los tres años siguientes trasladándose de un lugar a otro y viviendo con distintos familiares, hasta que su viaje los llevó a ser nuestros vecinos.

Fue entonces cuando mi vida y la de Sabah cambiaron.

Empezar de cero

En Siria, es común dar la bienvenida a gente nueva al vecindario. Tan pronto como llegó Sabah, mi madre, mis vecinos y yo fuimos a darle la bienvenida a la nueva familia. La primera vez que vi a Sabah, ella estaba de pie junto a su madre mirando al suelo.

Una mujer joven y una niña sentadas en un banco, conversando
© UNICEF/Syria 2016/Mardini Asalah y Sabah pasan un rato juntas en el sitio habitual, en frente de su edificio.

Como voluntaria en campañas de educación, trabajo de cerca con familias desplazadas a cuyos hijos han obligado a dejar la escuela. Mediante sesiones de concienciación, visitas puerta por puerta y actividades de ocio, unas 40 mujeres y hombres y yo nos dedicamos a convencer a los padres para que manden a sus hijos de regreso a la escuela.

Lo primero que me pregunté fue si Sabah y su hermano de siete años estarían recibiendo algún tipo de educación.

“Sueñan con regresar a la escuela, pero llevan más de dos años sin ver el interior de una clase”, me contó su madre.

La educación es más importante que nunca

Sabah y su hermano habían visto su casa ardiendo en las noticias; habían presenciado cosas que ningún niño debería ver jamás y se enfrentaban a la violencia y a la muerte casi a diario.

Regresar a la escuela no era solo un sueño para Sabah: era la única forma que tenían de recuperar una mínima sensación de normalidad en su vida en medio del caos de la guerra.

Decidí hacer algo bueno por estos niños. Comencé a visitarlos en su casa cada día para ayudarlos a estudiar inglés, árabe, matemáticas y ciencias, de modo que pudiesen ponerse al día con sus compañeros. Acompañé a su familia a recopilar todo el papeleo necesario y matricular a sus hijos en la escuela más cercana, donde los evaluaron y les asignaron el quinto y el primer curso, respectivamente.

Ellos estaban entusiasmados con su regreso a la escuela, pero las dificultades no habían terminado.

Solo unos días más tarde, unas granadas de mortero comenzaron a sacudir la zona donde estaba la escuela. Su madre y yo sabíamos que estaban en peligro, pero no podíamos salir de casa durante los bombardeos constantes.

Impotencia

Fueron las peores horas de mi vida. Había hecho todo lo posible para matricular a esos niños en la escuela. Había calmado los miedos de su madre. Era responsable de su bienestar, y ahora su vida estaba en peligro y yo no podía hacer nada para evitarlo.

Ese día, Sabah y su hermano sobrevivieron al terrible incidente y llegaron a casa sanos y salvos, aunque temblando de miedo.

“Estábamos en el sótano y el techo comenzó a tambalearse”, me contó Sabah. “No quiero regresar a la escuela nunca más”.

Fue digno de admirar que, más adelante, los dos niños decidieran continuar su educación y no dejaran que el miedo fuese un obstáculo para su futuro. Días después, los matriculamos en una escuela distinta en un vecindario relativamente más seguro para que terminaran el año escolar.

Dos niñas sentadas en un pupitre de la escuela
© UNICEF/Syria 2016/Mardini Sabah asiste a una clase de geografía en la escuela Al-Muallem Al-Arabi, en Alepo.

Este año escolar, Sabah ha comenzado el séptimo curso en su antigua escuela.

“Espero no tener que cambiar de escuela otra vez por el conflicto ni tener que abandonarla del todo”, me dijo.

Sabah, que ahora tiene 13 años, todavía se enfrenta a dificultades diarias durante su vida en Alepo, la ciudad más peligrosa del mundo. Un día, mientras dormía, le cayó el panel de una ventana procedente de una explosión cercana. Por suerte, el cristal de la ventana se había desintegrado en una explosión anterior, así que no resultó herida.

Me produce mucho orgullo y respeto ver cómo Sabah mejora a diario en la escuela. No quiero hacer parecer que fui yo quien ayudó a Sabah: fue ella quien trajo la esperanza y el valor a mi vida.

En Siria hay más de 1,7 millones de niños en la situación de Sabah. Es nuestra responsabilidad garantizar que reciban la educación que se merecen.

 

Asalah Sawas es un voluntaria de divulgación comunitaria que trabaja con un aliado que recibe ayuda de UNICEF para campañas educativas en Alepo.

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