Reconstruir la vida de los niños tras un repentino brote de violencia

Antes no había mucho: unas paredes de bambú, un tejado de paja, un parque de tierra. Sin embargo, la sencilla clase del campamento que acogía a quienes habían huido de sus hogares después de que la guerra civil estallara en Sudán del Sur en 2013 significaba mucho más que un simple lugar donde aprender.

Para los 23.000 niños que viven en el emplazamiento de protección de civiles de las Naciones Unidas, la escuela era un lugar de refugio donde se reunían a diario niños procedentes de distintos grupos étnicos. Iban a la escuela, algo que muy pocos niños de Sudán del Sur tienen la suerte de poder hacer. Esta rutina les consolaba al recordarles que hubo una época más pacífica.

Después, no quedó nada. Lonas carbonizadas, metales retorcidos, un tejado calcinado. Todas las tiendas, las cabañas de aluminio y los refugios improvisados quedaron reducidos a cenizas después del conflicto que tuvo lugar el mes pasado en el campamento, que acabó con la vida de 18 personas. Una vez más –porque ya habían habido violencia en el asentamiento de Malakal en el pasado– las familias huyeron, numerosas vidas quedaron truncadas y muchos niños se vieron despojados de la más mínima normalidad aparente.

Solo unas semanas antes, yo había estado en el emplazamiento de Malakal dirigiendo la segunda fase de una campaña para llevar a más de medio millón de niños a lo que podía considerarse una clase.

Un grupo de niños juegan frente a un edificio
UNICEF/S. RichLa escuela del emplazamiento de protección de civiles de las Naciones Unidas en Malakal era muy básica, pero permitía a los niños aprender y estar juntos.

En Sudán del Sur hay más niños sin escolarizar que en ningún otro país. Más de la mitad de los niños con edad de ir a la escuela primaria no lo hacen porque, o bien no pueden a causa del conflicto, o bien nunca antes han tenido la oportunidad. La iniciativa “Vuelta al aprendizaje” de UNICEF pretende brindar a algunos de los niños más vulnerables del mundo la oportunidad de aprender y desarrollarse.

La escala de destrucción de la que fui testigo cuando regresé al emplazamiento en los días posteriores al conflicto me mostró lo difícil que puede ser cumplir una ambición tan modesta como esa.

La frustración y el enfado todavía eran palpables entre los profesores, las enfermeras, los líderes de la comunidad y los trabajadores humanitarios que vieron desaparecer varios meses de trabajo –y de avances reales para los niños—en cuestión de 24 horas, quemados o robados. Sin embargo, en ellos prevalecía la determinación de reconstruirlo todo.

Se ha construido un refugio temporal donde más de mil niños han podido volver a jugar y cantar en un entorno terapéutico guiados por trabajadores sociales. UNICEF ha instalado dos clínicas móviles donde 20 madres han dado a luz a sus hijos de forma segura, y donde se han realizado pruebas de malnutrición a tres mil niños. Las familias que perdieron a sus hijos en el tumulto del vuelo hacia un lugar seguro han logrado reunirse con sus hijos: hasta ahora, 108. Además, las letrinas que quedaron destruidas se están reemplazando, y se está informando a las comunidades sobre la importancia de utilizarlas y de evitar hacer las necesidades al aire libre por el campamento.

No solo las familias que aún viven en el emplazamiento necesitan nuestra ayuda. Mucha gente escapó del campamento para refugiarse en edificios públicos de la ciudad de Malakal, como es el caso de esta familia que se encuentra en una escuela local. La comunidad local ha acogido a otros tantos.

Estas comunidades necesitarán ayuda para poder acoger a más personas. ¿Es el suministro de agua adecuado y salubre? ¿Hay retretes suficientes? ¿Cuántos niños necesitan reunirse con sus padres?

Estas son las preguntas que se plantean y se esfuerzan por responder los trabajadores que están en el terreno.

Lo que ocurrió en Malakal fue repentino e inesperado y tuvo consecuencias fatales. El daño causado no se queda solo en las infraestructuras. Al menos estas sí pueden reconstruirse.

Aquí, al igual que en otras zonas de Sudán del Sur, necesitamos asegurarnos de que el futuro de los niños no está en peligro por la violencia. Lograr que permanezcan a salvo, que estén sanos y que vayan a la escuela no es solo lo mejor para ellos: es también la mejor inversión con vistas al crecimiento y la estabilidad futuras de Sudán del Sur.

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con “obligatorio.”