¿Qué harías para escapar del ISIS y los talibanes?

Hace poco conocí a cinco jóvenes que viajaban apiñados en el maletero de un automóvil para salir de Afganistán. Los vi por primera vez en un campo de refugiados de la antigua República Yugoslava de Macedonia y los acompañé en su viaje para adentrarse en Europa. Como parte de una misión para UNICEF, yo me estaba documentando sobre la experiencia que viven los niños y las familias que emigran desde Iraq, Afganistán y Siria. Allahyar, de 13 años, era uno de los jóvenes que viajaban en el maletero, y le pregunté por qué se iba de Afganistán.

“Allá hay una guerra”, me respondió mientras esperaba un tren que lo llevaría de la frontera de Grecia con Macedonia hasta Serbia. “Cuando hay guerra, no hay seguridad. En mi distrito de Jagori, los talibanes están cortando cabezas”.

El mayor del grupo tenía 15 años. Sus familias tuvieron que trabajar dos años para ahorrar los 3.500 dólares estadounidenses que le cuesta a cada niño el viaje hasta Alemania, Suecia o Austria, los destinos favoritos.

Los padres de Allahyar tenían opiniones encontradas acerca de enviarlo o no a Europa. Su madre quería que se quedara en Afganistán, pero su padre pensó que, a causa del conflicto, corría el riesgo de no poder recibir una educación. La despedida de su madre fue uno de los momentos más duros que Allahyar ha afrontado en sus 13 años de vida.

“Le dije, me iré y me asentaré en algún sitio seguro, y después me pondré en contacto contigo”, contaba. “Estudiaré y llegaré a ser alguien en la vida. Después, regresaré a Afganistán”.
La expresión de Allahyar mientras me hablaba me parecía valiente. Sin embargo, cuando le pregunté por su familia, pude ver su vulnerabilidad y su aislamiento.

“Echo de menos a mi familia”, me dijo. “Fui llorando durante el trayecto hasta Irán. Me preocupaba ser deportado y echaba mucho de menos a mi familia”.

Mientras los niños esperaban en el interior de una enorme tienda de plástico el tren que los llevaría a la frontera serbia, cargaron la batería de sus teléfonos y hablaron sobre la siguiente fase de su viaje. A su alrededor, decenas de otros refugiados buscaban calor. En una tienda cercana, unos niños estaban reunidos en un espacio adaptado para niños con la ayuda de UNICEF donde estaban protegidos del frío y podían jugar y descansar.

Uno de los amigos de Allahyar tomó su teléfono y me mostró un vídeo poco nítido en el que se veía a los niños apiñados en el maletero de la camioneta de un contrabandista que atravesaba el desierto a gran velocidad. Otro amigo me mostró una fotografía de los cinco jóvenes apretados en el maletero del vehículo de un contrabandista. Aun así, todos están de acuerdo en que la peor parte de su viaje fue cruzar en balsa de Turquía a Grecia.

“El trayecto en balsa fue muy difícil”, explicaba Allahyar. “Éramos 60 y subían cada vez más personas. A los contrabandistas les da igual”.
Mientras la balsa se balanceaba con fuerza por el mar, que estaba agitado, los niños permanecían pegados y rezaban. “Pasamos cada minuto rezando por no ahogarnos, por llegar sanos y salvos al otro lado”, contaba.

En total, el año pasado más de un millón de personas llegaron por mar a Europa. Casi la mitad de los migrantes que llegaron en balsas a Grecia eran mujeres o niños. Además, se registraron 3.771 muertes en el mar.

Finalmente, y tras varias horas de espera, el tren de los niños entró en la estación. Cada uno pagó 25 euros para poder montarse. Casi de inmediato, Allahyar se quedó dormido y apenas se despertó durante el camino hasta la frontera con Serbia. Yo me senté a varios asientos de distancia. El vagón estaba lleno de refugiados, la mayoría de Siria y de Afganistán, y no funcionaban ni el baño ni la calefacción. Una fina capa de hielo cubría las ventanas. Varios cientos de refugiados saltaban para subir a otros vagones. Seis horas más tarde, en medio de la oscuridad y la lluvia, el tren llegó a un lugar próximo a la frontera de Serbia. Allá se encontraban los voluntarios con alimentos, ropa de abrigo y mantas. Había baños y otro espacio de UNICEF adaptado para niños en el que muchas familias pasaron la noche tomando fuerzas para el siguiente tramo de su viaje.

“El viaje es difícil, pero no nos queda otra alternativa”, me dijo Allahyar. “Tenemos que resistir”.

Aquí puede ver la entrevista en la que el autor cuenta a CNN su experiencia (en inglés).

Thomas Nybo es un fotógrafo y realizador independiente que ha documentado la labor de UNICEF en más de 35 países.

 

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