Por qué el cambio climático es importante para los niños

Mis amigos a veces me preguntan por qué UNICEF –cuyo mandato consiste en garantizar la protección de los derechos de los niños—participa en el debate sobre el cambio climático. La respuesta es sencilla: el futuro de los niños de hoy en día y de sus hijos está en juego.

Las decisiones que tomamos ahora serán decisivas para determinar cómo será el futuro de niños que hoy tienen la edad de mis propias hijas, 11 y 13 años. La vigésimo primera conferencia de las Naciones Unidas sobre cambio climático, también conocida como COP21, es la gran oportunidad para emprender el camino adecuado.

La necesidad es evidente: debemos reducir de manera radical las emisiones de gas de efecto invernadero para frenar el aumento global de las temperaturas. Si no se adoptan las medidas necesarias, perjudicaremos gravemente el futuro de nuestros hijos y del planeta que ellos heredarán.

Somos conscientes de que el cambio climático conlleva un aumento en el nivel del mar, lo que supone una amenaza para aquellos países o regiones que se encuentran en islas o en otros hábitats costeros. Sabemos también que esos aumentos pueden provocar inundaciones, sequías, olas de calor y otros fenómenos meteorológicos cada vez más frecuentes y peligrosos. Y sabemos que los niños se verán afectados de manera desproporcionada.

Los niños cargan con la mayor parte de las consecuencias de enfermedades como el paludismo, la fiebre del dengue o la diarrea, que además se ven agravadas cuando se dan fenómenos meteorológicos extremos. Cuando sus familias pierden su sustento a causa de un desastre de este tipo, los niños se ven más expuestos a la desnutrición, que en ocasiones puede derivar en retrasos en el desarrollo mental o en la muerte prematura. Además, son los más vulnerables a la explotación y el abuso cuando las condiciones meteorológicas adversas obligan a muchas comunidades a abandonar sus hogares.

El cambio climático nos afectará a todos, pero algunas comunidades están más expuestas que otras, como las que se encuentran en zonas que van desde el Delta del Mekong hasta el Caribe o desde las islas del Pacífico hasta el Cuerno de África. No podemos dar lugar a que se produzca una escalada del cambio climático que no podamos controlar.

Un informe de UNICEF llamado “A menos que actuemos ahora” revela que alrededor de uno de cada cuatro niños de los 2,3 mil millones que hay en el mundo viven en zonas con tendencia a sufrir inundaciones; 160 millones viven en zonas donde las sequías son especialmente graves, y más de 115 millones en zonas con un riesgo muy alto de ciclones tropicales (huracanes, tifones o ciclones, según la región donde se registren).

Como suele ocurrir, los más pobres del mundo están expuestos a algunos de los mayores riesgos. De los 530 millones de niños que viven en zonas extremadamente expuestas a inundaciones, 300 millones están en países donde la mitad o más de la población vive en situación de pobreza (con 3,10 dólares al día). Además, apenas cabe duda de que los fenómenos meteorológicos, cada vez más frecuentes y graves, podrían obstaculizar los esfuerzos para erradicar la pobreza.

El cambio climático no es un concepto abstracto; es algo que ya está sucediendo. Algunos de los impactos de las emisiones que ya se han liberado en la atmósfera son irreversibles, pero tenemos la obligación con nuestros hijos de evitar que el calentamiento global alcance niveles catastróficos.

Los niños tienen el derecho de querer heredar un mundo habitable, un mundo en el que algún día desearán criar a sus propios hijos. Eso es, sin duda, lo que yo deseo para mis dos hijas.

Alex Heikens, que actualmente se encuentra en la COP21 de París, es Asesor Superior en Clima y Medio Ambiente en UNICEF.

 

 

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Comentarios:

  1. Se requieren acciones decididas por los países, pero también cambios, conciencia y compromiso en los hábitos y costumbres individuales. Dar valor a los actos ciudadanos más simples, que inician en la elección de lo que consumimos cotidianamente.
    Educar y fomentar en los niños en el cuidado de sí mismos y el del planeta, garantizaría generaciones de adultos conscientes y responsables de su entorno.