Niños, no soldados: liberando a los niños de los grupos armados en República Centroafricana

En un caluroso y húmedo día de abril nos acercamos a la aldea de Kouango, en el sur de República Centroafricana. Se había declarado una tregua lo bastante larga como para permitirnos adentrarnos en la aldea a fin de evaluar la situación humanitaria y de repartir unos conjuntos de material pedagógico en la escuela local.

La situación en la República Centroafricana ha pasado de ser una emergencia silenciosa a convertirse en una visible y compleja crisis humanitaria y de protección, como consecuencia de la ofensiva de los rebeldes Seleka que dio comienzo en diciembre de 2012 y de la consiguiente toma de poder perpetrada en marzo de 2013. Los enfrentamientos en la capital alcanzaron su punto culminante en diciembre de 2013, cuando los grupos de autodefensa comunitarios –denominados a sí mismos los “antibalaka”– se sublevaron en venganza contra los ex rebeldes de Seleka, el grupo que protagonizó el golpe de estado nueve meses antes. La violencia se propagó por todo el país. En ambos bandos se produjeron abusos de los derechos humanos, que vinieron seguidos de un grave deterioro de la situación humanitaria. Se calcula que aún hay 850.000 personas desplazadas, tanto dentro como fuera del país.

Nos dirigíamos hacia el centro de la aldea cuando me percaté de que un joven adolescente corría detrás del vehículo gesticulando con viveza. Llevaba la típica mochila de UNICEF que solemos repartir a los estudiantes.

“¿Te acuerdas de mí?” nos preguntó. Nos detuvimos, y enseguida le reconocí: era Issa*, un niño que el año antes había sido parte del programa de desarme, desmovilización y reinserción de UNICEF, cuyo propósito es desvincular a los niños asociados a los grupos armados.

Se calcula que los grupos armados de República Centroafricana han reclutado –y en la actualidad explotan– a entre 6.000 y 10.000 niños. Los niños y niñas a los que se ha liberado de estos grupos han relatado a UNICEF cómo se les sometía a maltrato físico, psicológico y sexual. A estos niños se les obliga a combatir junto a los adultos, o se les utiliza como porteadores, cocineros y esclavos. Y uno de cada cuatro son niñas, que son especialmente vulnerables al abuso sexual.

Después de dos años como miembro de un grupo armado, Issa (de verde) está ahora de vuelta en casa y asiste a la escuela todas las mañanas.
© UNICEF/Benoit DaoundoDespués de dos años como miembro de un grupo armado, Issa (de verde) está ahora de vuelta en casa y asiste a la escuela todas las mañanas.

Issa perdió a su padre cuando tenía dos años y se crió con su padrastro en Kouango. A la edad de 8 años abandonó la casa de su madre para ir a vivir con su tío paterno a Lioto, localidad situada a unos 50 kilómetros. A los 14 años de edad, en el año 2013, fue reclutado por las fuerzas de Seleka y se le obligó a tomar parte en los enfrentamientos ocurridos en las localidades de Grimari, Bambari y Siburt. Issa era uno de los guardaespaldas del famoso general Darass, uno de los líderes de los ex rebeldes de Seleka.

En agosto de 2014, un trabajador de protección de la infancia localizó a Issa. Se le desvinculó del grupo armado y fue admitido en un centro de tránsito y orientación situado en Bria, donde recibió tratamiento holístico durante tres meses antes de reunirse con su tío en Bambari, en noviembre. Los centros de tránsito y orientación son unas estructuras que reciben ayuda de UNICEF, donde los niños y niñas a los que se libera pueden permanecer durante semanas mientras que los trabajadores sociales buscan a sus familias y les preparan para la reinserción en sus comunidades.

Issa es uno de los miles de niños de República Centroafricana a los que se ha podido llegar gracias al programa de desarme, desmovilización y reinserción de UNICEF. En colaboración con el Gobierno, UNICEF negocia con los grupos armados a fin de inscribir y liberar a los niños que integran sus filas. En 2014 se puso en libertad a un total de 2.043 niños y niñas. Una vez liberados, UNICEF les ayuda en su transición dispensándoles apoyo psicosocial, educativo y profesional y encargándose de reinsertarlos en sus familias y comunidades.

Issa nos contó que había vuelto a Kouango a casa de su madre, a quien hacía seis años que no veía. Nos contó también que había regresado a la escuela a comienzos de año, en febrero, y que ahora estaba en sexto curso.

Nos invitó a conocer a su familia, de modo que fuimos a su casa, y con ello pudimos comprobar que estaba bien integrado en el hogar. Su madre expresaba su alegría por haber podido reunirse de nuevo con su hijo: “Todos los días doy gracias a UNICEF por la labor que realizan para asegurar un futuro mejor para los niños de República Centroafricana”, nos dijo.

Ahora Issa puede ser niño de nuevo y jugar con sus amigos de antes. Nos contó que sus amigos le habían acogido muy bien y que no le estigmatizaron ni le marginaron.

También nos confesó que desde que llegó, sus antiguos compañeros de combate le habían abordado en varias ocasiones para intentar convencerle de regresar al grupo armado. Pero Issa no lo duda ni un instante porque recuerda cuánto sufrió, e incluso aconseja a sus amigos que no cometan los mismos errores que él.

“El ejército es un infierno para los niños porque se les explota, se les maltrata, se vulneran sus derechos y se les expone a todo tipo de peligros”.

Ahora, a la edad 17 años, Issa sueña con convertirse en médico, para ayudar a sanar a las comunidades de su país afectadas por el conflicto.

Benoit Daoundo es oficial de protección de la infancia; trabaja en la oficina local de UNICEF de Bambari, República Centroafricana.

*Se ha cambiado el nombre a fin de proteger la identidad del niño.

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