Los brazos como Andy

“Tienes los brazos como Andy”, me dice, tocando el vello de mi antebrazo. A mí me dan escalofríos.

Sé quién es Andy sin conocer su nombre, porque es el único extranjero que ella ha conocido en su vida. Una niña de 10 años no debería saber las cosas que ella sabe. Es dulce, divertida, amable y, como muchos niños de su edad, está desesperada por sentir el cariño y recibir los elogios de un adulto. Sin embargo, las personas que deberían quererla, cuidarla y protegerla, eligen explotarla. Hombres de Europa, América y Asia se aprovecharon de ella.

Todos los que forman parte de esta historia dan explicaciones distintas. “La pornografía infantil en Internet no es sexo, es como una actuación”. “Esas familias son vecinas mías; son pobres y yo les ayudo a ganarse unos ingresos”. “Ayudo a esos niños con mi dinero. Hago que sus vidas mejoren cada vez que chateamos por Internet”. “Con esto, consigo alimentar a mis hermanos y hermanas”.

Un brazo de una niña mientra colorea en un libro para colorear
UNICEF/UN014916/EsteyMinda comparte una habitación con 20 niños más. Su madre ha ido a la cárcel por su papel activo en la participación de su hija en espectáculos de pornografía en línea.

Algunos adultos están robando el tesoro más preciado que tiene un niño: su infancia. Una infancia en la que deben contar con la protección de la gente que los quiere, la comunidad en la que viven y la humanidad en general. Todos los adultos de esta historia han abusado de una niña inocente y confiada para aliviar su deseo carnal y la codicia del dinero. Y los niños creen que con eso ayudan a su familia y que sus padres los quieren, porque un niño sí que quiere a sus padres incondicionalmente.

Durante los 20 años que llevo en el mundo de la fotografía siendo testigo de algunos de los sucesos más trágicos de la historia, nada me ha sobrecogido tanto como las historias de los niños de Filipinas, una nación insular que se ha convertido en líder mundial en explotación infantil por Internet. Una plétora de factores han contribuido a esta epidemia, como el fácil acceso a Internet, las notables disparidades económicas y una cultura de sexualización infantil. La explotación infantil por Internet es un problema creciente a nivel mundial, pero conocer su impacto de primera mano fue como presenciar una pesadilla en la vida real.

Le pregunto si alguna vez ha visto el rostro de Andy por Internet, y me responde que “no, todo lo que veía por la webcam eran sus brazos”. Sin embargo, como muchos otros depredadores de niños, él sí le pedía a estas niñas que se desnudaran y llevaran a cabo actos sexuales ellas solas y con otros.

A menudo controladas por sus vecinos y, algunas veces, por sus padres, las niñas obedecían a las peticiones que les hacían por Internet, y los pedófilos les mandaban dinero a cambio. Escuché historias de hombres que viajaban desde Europa para conocer a las niñas en Manilla, prometiéndoles que construirían una casa para sus familias a cambio de actos sexuales. La historia de una niña de siete años atemorizada al sufrir toqueteos y ser rociada con fluidos corporales. Padres que utilizan a sus hijas para mejorar la situación económica de su familia. Y niños que ahora se encuentran retenidos en instituciones gubernamentales y desean volver a casa con su familia, con la sensación de haber sido encarcelados por sus acciones en lugar de haber sido rescatados de los abusos.

Los niños confían en sus padres y sus mayores; ellos son su ejemplo en la vida. Cuando se normaliza la explotación sexual, deja de ser algo de lo que avergonzarse, a pesar de que los niños sean conscientes de que no es correcto. Todas y cada una de esas niñas echaban de menos a sus padres y estaban preocupadas por el bienestar de sus hermanos; ansían el amor y la compañía de sus familias. Pero, ¿cómo le dices a un niño: “tus padres te han explotado, te han utilizado y se han aprovechado de ti”? Las cicatrices de ese comportamiento durarán toda la vida y, tal vez, nunca lleguen a curarse del todo.

Como padre de tres hijos, estas historias inundan mi corazón de miedo y me despiertan una rabia incontenible.

Yo estuve ahí para recopilar las historias de esas niñas rescatadas y documentar su rutina en hogares de transición e instituciones de protección infantil gestionadas por el gobierno. Respondí a preguntas sobre mis propios hijos, expliqué por qué me casé con mi mujer y también me preguntaron si volvería a visitarlas. Esas niñas estaban desesperadas por el cariño personalizado de un adulto porque es eso lo que echan de menos en sitios tan grandes. Y los niños necesitan que los toquen, que los tranquilicen y les hagan sentir especiales. Yo quería tenderle la mano a esas niñas, abrazarlas y decirles que todo iba a estar bien. Pero no pude; mantuve la distancia.

El único hombre extranjero que esas niñas han conocido en toda su vida las había estado observando por una cámara por Internet, les había pedido que realizaran actos sexuales o se había tumbado a su lado en una habitación de hotel.

La productora y la cámara me habían avisado de que algunas de las niñas me habían guiñado el ojo y habían estado demasiado coquetas conmigo. Durante las entrevistas, a veces tenía que salirme de la habitación porque no quería escuchar las historias de primera mano, porque me daba miedo la influencia que podría tener en ellas. Mi género, mi raza y mi profesión eran factores que habían estado presentes en el abuso a esas niñas.

Yo estaba allí trabajando para UNICEF, para documentar la vida diaria de las niñas, contar sus historias y mostrar al mundo la consecuencia de nuestro silencio colectivo.

Pero eso no cambió el hecho de que mis brazos fuesen como los de Andy.

El hijo de Josh Estey dice a sus amigos que su padre es “el fotógrafo de la gente pobre”. Josh vive en Indonesia con sus tres hijos y tiene imágenes filmadas en más de 50 países. Durante los últimos 15 años, ha estado filmando con UNICEF.

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Comentarios:

  1. Q injusticia.. esto da asco utilizar a criaturas inocentes q apenas están empezando a crecer y no saben nada más q d la porquería q sus malditos padres hacen cn ellos

  2. Historias como esta se repetiran en todo el mundo mientras los gobiernos y organizaciones no hagan algo más que solo evidenciar el problema. Hay que poner presos a estos abusadores hay que sacar de la pobreza y de la ignorancia a estas familias. Me duele que los niños y niñas del mundo sean abusados, tengo una hija de diez años y quiero que Minda este protegida y amada como ella. Qué puedo hacer para ayudar?

  3. Me indigna saber que estos niños y niñas nadie podrá devolver lo q perdieron su niñez su felicidad que asqueroso es el hombre