Liberia: Llevando confort a los niños huérfanos a causa del ébola

Tona, mi hijo más pequeño, ha cumplido dos años. No pude estar con él en su día especial; no pude cogerle en brazos, jugar con él ni hacer ninguna de las cosas que se supone que hacemos los padres el día que sus niños cumplen dos años.

Pasé el día a miles de kilómetros de distancia, en un centro provisional de atención infantil en Monrovia, la capital de Liberia, rodeado de niños que recientemente habían estado en contacto directo con pacientes de ébola, muchos de ellos han perdido a un pariente o a un cuidador.

Dos niños del centro tenían síntomas de ébola la mañana de mi visita. Me pidieron que guardara cierta distancia con los niños para reducir el riesgo de contagio. Nunca había imaginado lo difícil y frustrante que sería en la realidad esta política de ‘no tocarse’. Olvídate de dar la mano. Nada de abrazos. Ni foto de grupo. Incluso empecé a pensármelo dos veces antes de sentarme en una silla.

El ébola golpea a estos niños dos veces. Primero se lleva a sus padres, después los ata al estigma, el rechazo e incluso el abuso. No tienen la atención, los cuidados y la comodidad que necesita un niño en momentos de angustia. A veces sus propios parientes tienen demasiado miedo para llevárselos. El temor al contagio se está haciendo más fuerte que los lazos familiares.

Para estos huérfanos por el ébola, lo primero, la unidad familiar. La opción preferida es siempre reunir al niño con otros miembros de su familia que puedan y quieran acogerlos. Pero con el fuerte estigma que acompaña a estos niños, a veces no es posible; de hecho, cada vez más. Como medida alternativa, el gobierno de Liberia puso en marcha hace dos semanas el primer centro provisional de atención en las afueras de Monrovia, con el apoyo de UNICEF y del Child Fund. Unos 14 niños huérfanos por ébola, con edades entre los 8 meses y los 17 años, que no tenían a donde ir, están siendo atendidos de forma temporal por trabajadores sociales que han recibido una formación específica.

Durante toda su estancia en el Centro provisional de Atención, todos los niños están bajo un control frecuente de cualquier síntoma, aunque sea la más baja de las fiebres. Durante los próximos 21 días -período de incubación del virus- se considera que estos niños están en riesgo de enfermar. Por eso, no importa lo saludables que puedan parecer, son niños a los que nadie puede tocar. Nadie, a no ser aquellos que han sobrevivido al ébola.

Los supervivientes del ébola quedan inmunizados frente a la enfermedad, y pueden ser una gran baza. Pero como ser superviviente no te convierte necesariamente en un buen trabajador social, los supervivientes necesitan pasar pruebas y recibir una formación. UNICEF ha formado a 20 supervivientes de ébola en cómo proporcionar cuidados y apoyo a niños que están pasando el doble trauma de perder a seres queridos, y de sentirse rechazados. En total, 50 supervivientes estarán implicados en el funcionamiento de los centros provisionales de atención, la mayoría de los cuales serán desplegados en las próximas semanas.

“Cuando me dijeron que tenía ébola, creí que iba a morir,” recuerda Decontee Davies, superviviente de 23 años que recibió la formación de UNICEF la semana pasada. “Mi madre y mis hermanos casi ni podían ir al mercado a comprar comida. Nadie cogía su dinero porque yo tenía ébola. No quiero que estos niños pasen por el mismo sufrimiento. No quiero que pasen hambre porque no tienen a una madre que les alimente y nadie quiere darles comida. Cuando dicen que quieren ver a sus hermanos y hermanas, no podemos permitírselo. Es duro. Es por eso por lo que trabajo aquí. Para ayudar a estos niños”.

"No quiero que estos niños sufran lo mismo. Yo no quiero verlos pasar hambre porque no tienen una madre que los alimente y nadie quiera darles de comer", dice Decontee Davies, sobreviviente de 23 años de edad, que ahora está cuidando a los huérfanos del ébola en el 'centro interino de cuidado', ya que ella es inmune. Decontee es una de los 20 sobrevivientes capacitados por UNICEF para proporcionar apoyo psicosocial a los huérfanos del ébola.
(c) UNICEF/2014/Laurent Duvillier“No quiero que estos niños sufran lo mismo. Yo no quiero verlos pasar hambre porque no tienen una madre que los alimente y nadie quiera darles de comer”, dice Decontee Davies, sobreviviente de 23 años de edad, que ahora está cuidando a los huérfanos del ébola en el ‘centro interino de cuidado’, ya que ella es inmune. Decontee es una de los 20 sobrevivientes capacitados por UNICEF para proporcionar apoyo psicosocial a los huérfanos del ébola.

En África, donde he vivido durante años, los niños suelen salir corriendo para dar la bienvenida a los visitantes y darles la mano. Aquí, por primera vez en mi vida, he tenido que abstenerme de establecer cualquier contacto físico y de mostrar el signo de compasión humana más natural. Nunca me sentí tan cerca y a la vez tan lejos de un niño. Es una sensación horrible e incómoda.

Cuando estás a dos metros de la persona con la que estás hablando, conectar con ella es un reto mucho mayor. Pero lo intento. Empezamos hablando de fútbol, de nuestra comida preferida y de juegos. Martha (nombre ficticio), una niña de 11 años que llegó hace siete días con sus dos hermanos, de 5 y 9 años, sonríe y se abre. “Mi madre y mi padre murieron. Todo por el ébola”, cuenta Martha. “Aquí jugamos, comemos, nos duchamos y dormimos. Quiero irme a casa. Sé que no es posible ahora mismo. No sé si la gente donde vivía antes querrá que vuelva. Sé que me tengo que quedar aquí. Por lo menos estoy con mis hermanos. Soy la única persona que les queda”.

De repente, mientras hablamos, uno de los niños -su nombre es Daniel- se confía y se acerca. Demasiado cerca. Debe de tener unos 2 ó 3 años. Entonces yo dejo de hablar y, sutilmente, doy un paso atrás. El niño se da cuenta. Mis ojos delatan el miedo que experimento por dentro. ¡Me siento aterrorizado por un niño de 2 años!

Me lleva unos segundos recomponerme. En sus ojos no veo ningún miedo. Puedo leerle la mente diciéndome “No soy el virus; no soy tu enemigo”, me asegura. Mi miedo sigue ahí, pero dominado. Ni los rebeldes armados de República Centroafricana ni las réplicas del terremoto de Haití me asustaron tanto como el hecho de que este niño me tocara. ¡Trabajo para UNICEF y me he quedado paralizado por un niño vulnerable! Me entristece no poder abrazar a un niño, coger su mano o alborotarle el pelo.

Afortunadamente para estos niños, los supervivientes como Decontee pueden darles ese contacto humano -un abrazo, una palmada en la espalda, una caricia tranquilizadora que les recuerde que no están solos. UNICEF está trabajando con el gobierno de Liberia para que haya al menos un centro provisional de atención en cada uno de los cinco municipios más afectados en todo el país, para que los niños puedan tener un espacio seguro al que ir y recibir el cuidado y el apoyo que necesitan. Cada centro contará con supervivientes formados como trabajadores sociales, que pueden darles los abrazos que yo tanto deseaba, pero frente a lo que me detenían mis propios miedos.

Laurent Duvillier es Especialista en Comunicación Regional de UNICEF, con sede en Dakar. Actualmente está en misión en Liberia, uno de los epicentros del presente brote de ébola.

Una versión de este artículo apareció originalmente en The Guardian el 24 de octubre de 2014.

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Comentarios:

  1. me consterna saber de la situación de estos infortunados niños… imposible no quebrarse..