Las familias dan un paso adelante por los niños huérfanos por el ébola

Cuando murieron su hermano y su cuñada, Aboubacar, el único sostén de su familia, acogió a sus seis sobrinos huérfanos. Unos días después tres de ellos presentaron síntomas de ébola: Ousmane, de 14 años, Massa, de 12, y Adama, de 10.

Como había oído por la radio los mensajes de sensibilización sobre el ébola, Aboubacar llamó inmediatamente a la Cruz Roja Guineana, que se llevó a los tres niños a la Unidad de Tratamiento de Ébola (UTE) de Guéckédou. Cuando vio que a los niños se los llevaba gente vestida con trajes de protección, lloró por primera vez. Le preocupaba que pudieran morir, como le había pasado a su hermano.

Cuando Ousmane, Massa y Adama se fueron, los vecinos de Aboubacar le acusaron de haber vendido a los hijos de su hermano, porque para ellos ir a la UTE era “un viaje de ida, sin retorno”. Algunos creían que los niños eran vendidos a los centros de tratamiento del ébola, donde se experimentaba con ellos antes de matarlos. La gente dejó de hablarle y rehuyó a su familia.

Los rumores se agravaron tanto que sus parientes en Fouala, un pueblo a unas tres horas de distancia en coche, enviaron a su hermana para enterarse de qué había pasado con los niños. Después de hablar con los médicos del UTE y ver por sí misma que los niños estaban bien y bien cuidados, informó a los ancianos y a la gente de la comunidad.

El día que los niños volvieron a casa, Aboubacar dijo en las mezquitas y a las autoridades locales: “Como veis, no he vendido a los niños. He tratado de salvarlos”. Las esperanzas de Aboubacar de que la desconfianza se apagara tras la vuelta de los niños sanos y salvos, se desvaneció cuando surgió otro problema para la familia: el estigma. Mientras que algunas familias empezaron gradualmente a hablarle otra vez, otros vecinos llegaron tan lejos como para mudarse. Otros siguieron ignorándoles y prohibieron a sus hijos jugar con los niños en casa de Aboubacar, algo impensable en la cultura guineana.

Aboubacar, que ahora es responsable de 15 niños, necesita toda la ayuda que pueda conseguir. Para apoyar a familias como la suya, UNICEF ha desarrollado un programa de transferencia de efectivo cuyo objetivo es evitar que las familias con niños afectados por el ébola caigan en la pobreza extrema. Además, se espera que con el apoyo a familias como la de Aboubacar, otras familias se animen a acoger huérfanos. Afortunadamente, en Guinea raramente hay niños sin tutores. La mayoría de las veces los parientes lejanos se presentan voluntariamente para cuidar a los niños que han perdido a sus padres o tutores.

Cuando les preguntaron sus experiencias y cómo se habían sentido durante su tratamiento, Ousmane, Massa y Adama dijeron que lo peor fue cuando llegó el equipo vestido con “el traje que daba miedo” y se los llevó en ambulancia, dejando atrás al resto de sus hermanos. No sabían dónde iban, no sabían qué iba a pasarles.

En la parte trasera de la ambulancia, se agarraron los unos a los otros con miedo. Después de un rato, se dieron cuenta de que al menos, fueran donde fueran, estarían juntos.

Su experiencia en el UTE fue traumática. El equipo médico les cuidó muy bien, pero continuamente fueron testigos de la enfermedad violenta y de la muerte. Esto, teniendo tan reciente la muerte de sus padres, continúa obsesionándoles.

El día que les dieron el alta recibieron ropa nueva, sábanas y comida. Además UNICEF gestionó su vuelta a casa. Para ayudar a los niños a afrontar hechos traumáticos como este, UNICEF está implementando un programa de apoyo psicosocial dirigido a las comunidades, familias y niños afectados por el ébola a lo largo de todo el país.

Hace unas semanas, los niños volvieron a la escuela junto con el resto de niños y niñas de Guinea. Así dan la bienvenida a una sensación de normalidad en sus vidas.

Este artículo fue publicado originalmente en El Mundo

Timothy La Rose es especialista en Comunicación y Kadijah Diallo es oficial de información de UNICEF Guinea

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