Las 17 muertes evitables de Parkland

Tenía 100 mensajes sin abrir. Me volví hacia mi amiga, que estaba leyendo la conversación, y entonces me di cuenta de que algo no iba bien. Cerré de golpe mi ordenador portátil y, mientras leía los mensajes, pregunté qué estaba sucediendo. En algunos nos pedían que enviáramos el número de Jaime Guttenberg a todos nuestros conocidos de Parkland, en Florida. Aunque ninguna de nosotras conocía directamente a Jaime, su padre era amigo de la familia de mi mejor amiga. Nueva York y Florida son como dos mundos diferentes, pero en ese momento parecían estar separadas por poco más de un kilómetro y medio. Casi cada uno de mis amigos conocía a alguien que vivía en Parkland, y durante esa hora muchos nos preguntamos si nuestros conocidos habrían sobrevivido. Era difícil pensar siquiera en la otra opción.

Hasta que no llegué a casa y puse las noticias, no fui consciente de lo que estaba pasando. Me quedé inmóvil, sola en casa, a cientos de kilómetros de un tiroteo que parecía haber ocurrido justo al lado. Contemplaba la televisión aterrorizada, pero no sorprendida. Y darme cuenta de eso, de que no me sorprendía, fue lo que hizo brotar lágrimas de mis ojos. Los tiroteos masivos nunca deberían ser habituales, y la muerte de un niño nunca debería estar relacionada con la política. Aun así, este es el mundo en el que vivimos, y mientras lloraba en voz baja en una casa vacía, recé para que el mundo en el que voy a criar a mis hijos sea diferente. A la mañana siguiente, al despertarme, lo primero que vi fue una foto que alguien había publicado en Instagram. Era la de Jaime Guttenberg, la niña cuyo número de teléfono habíamos buscado el día anterior, y me puse a llorar de nuevo. Era una de las 17 víctimas que nunca serán olvidadas, y lloré porque podía haber sido cualquiera de nosotros, en cualquier escuela de los Estados Unidos o de otro lugar.

Los estudiantes son estudiantes y los niños son niños, y si se fracasa en su protección, se fracasa en la protección del futuro de nuestro mundo

Ya sea mediante la guerra o mediante las armas, la muerte de un niño no solo es una pérdida para sus seres queridos: es una pérdida para el mundo entero. Una muerte evitable es demasiado; 17 muertes evitables escapan a la comprensión. Más de mil niños estadounidenses mueren cada año por culpa de las armas, un dato que me deja sin palabras, solo con un sentimiento de vulnerabilidad, de vacío y de miedo. Cuando somos jóvenes nos enseñan a ver la tierra en la que vivimos como un faro luminoso de libertad y de oportunidades, una tierra dorada de libertad y justicia, pero conforme he ido creciendo, me he dado cuenta de que ningún país del planeta es perfecto.

Four teenagers stand behind a podium and read statements from papers they are holding.
©USA/2018/Carly KabotLa autora Carly Kabot (al centro, con micrófono) se dirige a una multitud durante un evento en su escuela que conmemora el tiroteo en la escuela Parkland.

Una nación no es verdaderamente libre hasta que todos sus habitantes puedan vivir sin miedo, y esa libertad no llegará si los ciudadanos no valoran la vida por encima de las libertades establecidas en el siglo XVIII. He aprendido que no hay libertad si no se renuncia a algo, y que, al hacerlo, se amenaza una imagen idealizada de lo que significa la libertad. Hay estudiantes por todo el mundo excluidos de la educación, ya sea por razón de riqueza, género, geografía o conflicto. Ningún estudiante debería verse excluido por el miedo.

La violencia es violencia, sea cual sea su forma. La violencia existe en cada país y en cada comunidad, e incluso, en nosotros mismos. Debemos hacer frente a la violencia que asfixia a nuestra sociedad, y debemos hacerlo de inmediato. No creo que los adultos logren el cambio que nuestro mundo necesita; creo que depende de nosotros, la generación del futuro. Los jóvenes tienen fama de ser narcisistas e inconscientes, pero nada más lejos de la verdad. Tenemos la oportunidad de redefinir el estereotipo de los adolescentes. Además, compartimos el deseo común de cambiar las imágenes que vemos día tras día. Yo creo que podemos cambiarlo, y que lo haremos. Ya no puedo quedarme sentada en silencio mientras mi seguridad y la de millones de estudiantes está en peligro. Esto va más allá de las armas o los tiroteos masivos; va más allá de los Estados Unidos. Se trata de garantizar que una escuela es un refugio, no el objetivo de terroristas, de guerras y de tiradores. Basta ya: basta de muertes, basta de guerra, basta de desigualdad, basta de pobreza y basta de injusticias. Puede que nosotros no hayamos causado este desastre, pero lo arreglaremos. Recogeremos las piezas rotas de nuestras comunidades y las arreglaremos de forma que nunca vuelvan a caer en manos de quienes desean destruir nuestra humanidad, nuestra fuerza y nuestra resiliencia.

Carly Kabot es una bloguera de La Juventud Opina para UNICEF y una firme defensora de los derechos humanos.

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