La respuesta de UNICEF a las inundaciones en Bolivia

Hace miles de años [..] / los ríos eran potros domados / sobre los que cabalgábamos la llanura. / Perdida esa sabiduría / tras la llegada de las aguas salvajes / que dejaron a las pampas / como un desierto iluminado, / hoy los ríos atropellan desbocados / a las naciones de nuestra Amazonía.

(“Amazonía”, Homero Carvalho Oliva, 2013)

 

Llegamos a Mercedes del Apere desde Trinidad, en el corazón de Bolivia, tras recorrer unos 100 km. en más de cuatro horas. Para ello, cruzamos el rio Mamoré con un barco pontón, condujimos el jeep por un camino polvoriento y abrupto y nos detuvimos de vez en cuando para dejar paso a rebaños de vacas de raza nelore, la principal fuente de sustento económico de la zona. En temporada de lluvias, cuando la carretera se vuelve intransitable y no hay otra solución que viajar por río, habríamos tardado unas 20 horas en cubrir la misma distancia.

Mercedes del Apere es una pequeña comunidad amazónica de aproximadamente 400 personas, a orillas del río Apere. El 60% de su población es indígena mojeño y la lengua de uso cotidiano es el mojeño ignaciano, uno de los 37 idiomas oficialmente reconocidos por el Estado Plurinacional de Bolivia. La plaza principal del poblado es la cancha de fútbol de la escuela. A su alrededor hay también una pequeña iglesia sin ninguna cruz de identificación (se cayó y nunca volvió a su sitio), dos tiendecitas de comida y una oficina postal que sirve también como centro de atención médica. La electricidad llegó por primera vez a esta comunidad hace tan solo unos meses.

La vida fluye lenta y tranquila, día tras día. La exuberante naturaleza provee de toda clase de frutas tropicales y la población local, además de pescar en el rio, ha construido unos estanques en los que cría muchos peces propios de la zona, como el surubí, pacú, tambaquí, blanquillo.

Hace un año, la situación era bien diferente. Las inundaciones que golpearon Bolivia, y en especial la región del Beni, fueron de las más fuertes en décadas. Entre febrero y abril de 2014 alrededor de 60.000 familias fueron damnificadas en 146 municipios de Bolivia. Según información del Ministerio de Educación, alrededor de 1.000 unidades educativas en el país fueron afectadas de algún modo (inundación, deslizamiento, ocupación como albergue, etc.), lo cual impactó en alrededor de 250.000 niños, niñas y adolescentes. En el caso del departamento del Beni, fueron afectados casi 70.000 estudiantes en más de 600 escuelas. Mercedes del Apere fue una de ellas.

El coordinador de la intervención de UNICEF en la zona de Trinidad (Beni), Corpus Malale, afirma que en una inundación se distinguen claramente dos fases con características intrínsecas, temporales y psicológicas muy diferentes. “La primera, con la subida violenta e implacable del agua, cargada de la angustia y el miedo a perderlo todo y donde el tiempo pasa tan rápido que desearías pararlo para que el río deje de crecer. Y la segunda, con la retirada lentísima del agua, estancada y maloliente por los animales muertos y las plantas en putrefacción, donde la espera resignada de la vuelta a la normalidad se hace eterna”, asegura.

Para muchos niños esta experiencia supone un trauma difícil de superar. Es el caso de Julio*, un estudiante de quinto de primaria de la escuela local. Su profesor cuenta que desde que vio su casa desaparecer arrastrada por el rio, el niño sufrió una interrupción repentina de su proceso educativo y ahora tiene serios problemas para aprender a leer.

Yoside, una joven de 13 años, recuerda cómo muchos niños perdieron todo su material escolar y que la escuela de la comunidad permaneció cerrada durante más de un mes. No porque quedara inundada, sino porque fue una de las pocas zonas que se mantuvieron a salvo y que, en consecuencia, se trasformó en albergue para todas aquellas familias que perdieron sus viviendas.

En la clase de Yoside y Lisbeth. © UNICEF Bolivia/2015/Federico Simcic
© UNICEF Bolivia/2015/Federico SimcicEn la clase de Yoside y Lisbeth.

La familia de Ignacio, el profesor de Yoside, fue una de ellas. No llegaron a perder su casa, pero el agua subió hasta casi un metro de altura y les obligó a abandonarla hasta que el rio volvió a su cauce. Ignacio es de un pueblo cercano y se mudó a Mercedes del Apere con su esposa, también profesora, hace ya 12 años. Su hijo Giancarlo tiene 11 años y es uno de los mejores estudiantes de la escuela. No cuesta creerlo: todas las paredes de la casa están cubiertas de afiches y materiales educativos, y la pasión del padre por su profesión de educador es verdaderamente contagiosa.

“Cuando con mi familia -al igual que todas las otras que tenían su casa cerca del río- tuvimos que mudarnos a la escuela, vimos lo que es la solidaridad de una comunidad”, recuerda Ignacio. “Las clases se transformaron en nuestras viviendas, cocinábamos juntos utilizando grandes ollas, cada uno aportaba lo que tenía. Y los profesores que nos quedamos en el pueblo decidimos, a pesar de que las clases habían sido suspendidas por el Ministerio de Educación en todas las zonas afectadas, juntar cada día a los niños de la comunidad y organizar actividades lúdicas y educativas”.

Más de un año después de aquellos difíciles momentos, la situación ha vuelto a la normalidad. También gracias a la ayuda de UNICEF, que contribuyó a la continuidad de las clases y recuperación psicoafectiva de 7.700 niños, niñas y adolescentes, y de 600 docentes afectados por las emergencias en los departamentos del Beni y Cochabamba. En los primeros momentos después de las inundaciones, UNICEF y sus contrapartes instalaron y activaron 25 carpas escolares en los campamentos y albergues. También dotaron de transporte escolar a los niños y niñas que necesitaban trasladarse a las escuelas en funcionamiento. En un segundo momento, una vez que las aguas se retiraron, UNICEF contribuyó al reacondicionamiento y restauración de 18 unidades educativas, preparándolas para el retorno a clases de los niños.

En Mercedes del Apere, ahora que hay electricidad, los profesores están pensando cómo conseguir la primera computadora de la comunidad. Quieren que los niños aprendan a utilizarla y no sufran un retraso tecnológico frente a los demás estudiantes cuando tengan que trasladarse a otros pueblos más grandes para continuar sus estudios. Además, acaba de comenzar un proyecto socio-comunitario productivo en el que, cada día después de clase, profesores y alumnos se dedican a cultivar caña de azúcar en un pequeño ‘chaco’ (campo) cerca de la escuela. En un año prevén tener ya su primera producción de empanizado, jalea y miel de azúcar.

Yoside, por su parte, acaba de ser elegida mejor estudiante de la escuela por segundo año consecutivo y, como premio, pudo desfilar con la bandera de Bolivia y el sombrero de “madre de la patria” en la fecha que recuerda el Día de la Independencia del país. Cuando sea grande quiere ser doctora. Si sigue así, no habrá lluvia o inundación que la pueda detener.

*Este nombre ha sido modificado para proteger la identidad del niño.

 

Federico Simcic es especialista de Alianzas Corporativas en UNICEF Bolivia. 

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