Formando recuerdos bajo el asedio

El 18 de mayo de 2016, UNICEF llevó asistencia humanitaria por primera vez en cuatro años a la ciudad asediada de Harasta, en la zona rural de Damasco. A solo 11 km de Damasco, 17.000 personas se vieron atrapadas por el asedio contra lo que en el pasado fue un núcleo comercial e industrial muy ajetreado del este de Guta.  

Durante el verano de 2013, crucé la autovía de Homs a Damasco por primera vez desde que comenzó el conflicto de Siria. La bulliciosa ciudad de Harasta, que yo había conocido de camino a Damasco, se había convertido en una escena atroz de destrucción de la que me escondí poniendo el parasol en la ventana del coche al pasar por al lado.

Desde la ventana de un coche se ven unos edificios bombardeados
UNICEF/Syria/2016/Rural DamascusImágenes de destrucción en Harasta, donde muchos niños viven su día a día.

Harasta lleva asediada desde 2012, pero, por fin, nuestro equipo de UNICEF ha logrado atender a casi 5.000 niños y sus familias proporcionándoles suministros médicos, educativos y recreativos para tratar de aliviar el sufrimiento de los más pequeños.

El trayecto hasta Harasta, que antes de la guerra se hacía en 15 minutos, nos llevó tres horas y media. Durante dos de esas horas estuvimos esperando el permiso para entrar. Nuestro convoy no dio problemas comparado con los de otros colegas, que se vieron obligados a esperar hasta más de 10 horas en los controles.

Conforme entrábamos en Harasta, de repente fui incapaz de esconderme tras el parasol de la ventana. La escena de la vida cotidiana de unos niños jugando entre los escombros me sobrecogió.

Los niños nos avasallaron a preguntas en cuanto nos bajamos de los coches: “¿Cómo llegaron hasta aquí? ¿Qué nos han traído? ¿Vienen de Damasco?” Una mujer nos dijo: “Discúlpenlos, están muy ilusionados. Hace mucho tiempo que no ven a nadie de fuera de Guta”.

Una educación atacada

En Harasta, el conflicto actual está produciendo un impacto muy grave en todas las formas de la vida civil. Al hablar con mujeres, la educación surgía continuamente como principal preocupación.

En un callejón, un edificio destruido
UNICEF/Syria/2016/Rural DamascusParte del camino por el que Aya y otras 250 niñas, algunas con hijos, deben pasar cada día para ir a la escuela.

“Me da pánico mandar a mis hijos a la escuela”, nos decía una mujer. “Tengo tres hijos; dos de ellos son lo suficientemente mayores para ir solos, pero no quiero que vayan porque me da miedo que mueran en un ataque”.

Una niña de ocho años me agarró con fuerza la manga: “Yo tendría que estar en tercero, pero tuvimos que irnos de casa el año pasado y no hice segundo”, me explicó. “Me encanta ir a la escuela y me gustaría regresar. Me aburro mucho en casa”.

Mientras tomaba fotografías escuché a Aya, de 13 años, hablarle a su amiga sobre los participantes en la misión. “Mira qué afortunados. ¡Todos tienen educación!” La miré y me dijo: “Me encanta aprender. Quiero llegar a ser abogada para acabar con el sufrimiento por el que estamos pasando”.

Al pasar junto a las ruinas de camino a la escuela de Aya, vimos también un parque destrozado. “Los niños no tienen un lugar donde jugar y no hay electricidad para la televisión, así que no pueden ver los dibujos animados como cualquier otro niño. Están creciendo sin conocer otra cosa que la guerra”, nos dijo un hombre. “Necesitamos educarlos; si no, de mayores serán un problema para el mundo”.

Iluminadas por la tenue luz de unas bombillas LED, la mayor parte de las clases húmedas y oscuras de la escuela a la que asisten Aya* y otras 250 niñas están bajo tierra, al igual que el patio de recreo. “Hacemos lo posible por atraer a los niños a la escuela; lo que ocurre es que solo podemos dar clase durante apenas tres horas al día porque tenemos que terminar antes de las 10 de la mañana, que es cuando empiezan los bombardeos”, explicaba el Oficial de Educación local.

Vista de una clase subterránea
UNICEF/Syria/2016/Rural DamascusIluminadas por la tenue luz de unas bombillas LED, la mayor parte de las clases húmedas y oscuras de la escuela a la que asisten Aya* y otras 250 niñas están bajo tierra, al igual que el patio de recreo.

“Otro problema es que los libros de texto se están quedando anticuados y se encuentran en mal estado”, añadió.

A la escuela de Aya asisten 20 niñas menores de 18 años que ya están casadas, algunas de ellas con hijos. En la escuela se hace todo lo posible por lograr que las niñas casadas puedan acceder a la educación. “Estamos en contra del matrimonio temprano. En la escuela hay una guardería para los bebés de las profesoras y de las estudiantes casadas”, explicaba el Oficial de Educación.

Una niña de 17 años que conocimos se había casado por primera vez a los 14 años, pero quedó viuda poco después y ya estaba a punto de divorciarse de su segundo esposo. Uno de sus dos hijos murió. “Antes vivía con mi hermano. Mi padre está arrestado y mi madre está casada con otro hombre. Yo me casé por mi seguridad”, me aseguró. Yo le pregunté, “¿vas a la escuela?”. Me respondió que no.

Las condiciones económicas precarias han obligado a muchos niños a trabajar. Algunos de ellos trabajan a tiempo parcial después de la escuela; otros han dejado de ir a clase, como Mustafá*, que trabaja en una tienda de caramelos siete u ocho horas al día. “No puedo ir a la escuela. Tengo una madre y cinco hermanas y mi padre está muerto. Necesito el dinero”. Como cualquier otro niño, Mustafá sueña con el futuro: “Quiero ser médico”, afirmó.

El Oficial de Educación añadió que “hay muchísimos niños que han dejado los estudios. Estamos esforzándonos por educarlos en las mezquitas o en clases de recuperación durante el verano”.

Sueños diminutos pero poderosos que lograrán un cambio

Es imposible vivir sin esperanza. Los niños tienen el sueño pequeño pero poderoso de convertirse en médicos, profesores o abogados, como la pequeña Aya, y eso les sirve de consuelo y motivación para lograr un cambio.

En la vida normal, esos sueños son naturales. Pero las vidas de estos niños no son normales. Caminan por medio de escombros para llegar a la escuela, logran esquivar bombas de milagro y ven con sus propios ojos morir a amigos y seres queridos. El cambio positivo se hará realidad solo si se defiende la educación y las destrezas vitales de esos niños, de manera que puedan contribuir a la sociedad y reconstruir una Siria más estable y próspera. Ese día debería llegar pronto.

*Los nombres se han cambiado para proteger la identidad de los niños.

Hiba Muhammad es Oficial de Comunicación de UNICEF en Amán, Jordania.

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