Escapando de la violencia en Honduras

Crecí en un barrio pobre de Tegucigalpa, la capital de Honduras, un lugar donde la violencia es algo cotidiano, al punto de que está catalogado como uno de los países más violentos del mundo, con una tasa de mortalidad similar a países en guerra.

Formamos nuestras vidas dependiendo de a quién o qué tenemos a nuestro alrededor; crecemos sin privilegios, sin ningún conocimiento de cómo es la vida en otros países y sin siquiera tener conocimiento de nuestro propio país. Crecemos siendo felices en un mundo de ignorancia, donde un día más de supervivencia es un logro más en nuestras vidas, sin saber que podrá pasar mañana o incluso dónde estaremos.

Es frustrante sentir impotencia ante estas situaciones; ver cómo tu mundo se desvanece sin poder hacer nada.

Crecí viendo cómo muchas personas cercanas a mí eran arrebatadas de este mundo sin el menor aviso. Para algunas personas, este tipo de incidentes causan rabia y un sentimiento de venganza, mientras que, para otros, era una señal de que algo andaba mal, de que algo tenía que cambiar.

Me tomó años entender lo que significaba perder a un miembro de mi familia. Cuando tenía solo 7 años, mi padre fue secuestrado y eventualmente asesinado por miembros de una pandilla, por el hecho de tener éxito y apoyar a su comunidad. Me llenaba de ira, no solo por haber perdido a mi padre, sino también al ver las lágrimas de mi abuela y su dolor al saber que había perdido a uno de sus hijos. Ella era lo más cercano que tenía como madre, y lamentablemente años después sería nuevamente testigo de cómo la vida de otro de sus hijos sería injustamente tomada a manos de la violencia.

Es frustrante sentir impotencia ante estas situaciones; ver cómo tu mundo se desvanece sin poder hacer nada. Tristemente, mi abuela no fue lo suficientemente fuerte para asimilar su dolor, dejando un nuevo vacío en mi corazón. Sabía que no había nada más para mí en mi país y que un nuevo comienzo alejado de todos mis malos recuerdos sería lo mejor.

 

A street sign depicting a handgun with a red cross across it showing that weapons are prohibited, facing another sign displaying the word ALTO, both a brick-paved street opposite a church.
© UNICEF/UN0126899/HegerUn letrero en mal estado indica que las armas de fuego están prohibidas en un área municipal en Centroamérica.

Podemos encontrar una amplia variedad de respuestas a la pregunta de por qué muchos de nosotros migramos de nuestro país de origen. Para algunos, es un escape de la violencia que nos persigue, o simplemente una manera de superación personal; para otros, es una oportunidad para ver crecer a las nuevas generaciones sin ningún tipo de preocupaciones ni temores. Algunos de nosotros dejamos nuestras tierras porque no tenemos nada que perder, ya que cada logro que obtengamos desde el minuto que partimos es una ganancia para nuestras vidas.

Si corremos con suerte, llegaremos al país de las fantasías, donde todo es posible y el simple hecho de estar aquí nos convierte en personas privilegiadas, o al menos eso es lo que tratamos de transmitir a las personas queridas que dejamos atrás.

Los jóvenes llegamos a este país con la ambición de querer tener un estilo de vida como el que solíamos ver cada tarde en televisión: shows americanos que mostraban a gente ordinaria en sus vidas ordinarias haciendo cosas ordinarias que parecían casi perfectas, y cuando apartábamos por un instante la vista de nuestra pantalla nos dábamos cuenta de cuán diferente nuestra vida ordinaria era a la de ellos. Esa era la única referencia que teníamos de cómo podrían ser nuestras vidas si viviéramos en los EEUU. Una falsa realidad, ya que al llegar a la frontera no eres visto como “Erick, el artista” o “Gabriela, la cantante”, eres solo un número más en una lista del juez de migración.

Llegamos a una tierra desconocida, con gente y un idioma desconocidos. No sabemos que muchos se oponen a recibir más refugiados en sus países. No deberíamos ser juzgados ni vistos como una amenaza, todos somos iguales, nuestras únicas diferencias son las circunstancias que nos ven crecer.

Erick Ramirez, de 19 años, es un artista apasionado y activista por los derechos de los niños refugiados y migrantes.

 

Lee más sobre los riesgos que enfrentan los niños y familias de Crentroamérica y México en la peligrosa travesía hacia el norte: https://uni.cf/Desarraigados-Centroamerica

 

 

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