Desde arriba y sobre el terreno, presenciando el impacto del huracán Dorian en los niños de las Bahamas

En medio del ruido atronador del helicóptero, pude escuchar a Jahmaurae Moreau, de 11 años, decir que volar en helicóptero era “divertido”. Estaba sonriendo pero, minutos después, cuando comenzamos a abandonar la isla, un par de lágrimas cayeron lentamente por sus mejillas.

Frente a nosotros estaba sentada su madre Marianise y su hermanita Katheleh, de 4 años. Abajo, la isla de Abaco comenzó a hacerse cada vez más pequeña en el horizonte. El mar turquesa del Caribe finalmente se hizo cargo del paisaje cuando pusimos rumbo a Nasau, capital de Bahamas.

En ese preciso momento, mirando a Jahmaurae, sentí ganas de llorar también. Sabía lo que estaba pensando.

A mom and her daughter in a helicopter seat.
UNICEF/UN0341858/Moreno GonzalezKatheleh Moreau (4) y su madre en el helicóptero.

Han pasado solo tres días desde que el huracán Dorian golpeó a las Bahamas como un huracán de categoría 5 con vientos que alcanzan 185 mph (297 km / h). Se convirtió en el más fuerte jamás registrado en la zona y permaneció sobre las islas más afectadas, Grand Bahama y Abaco, durante 48 horas.

Jahmuarae dejó a su padre, a su hermano pequeño, a sus amigos. Su casa y escuela quedaron destruidas. Dejó la vida que conocía. Al igual que Jahmuarae, los niños y sus familias que sobrevivieron al huracán han perdido a sus familiares, sus medios de subsistencia y se enfrentan a escasez de agua y alimentos. Después de un fenómeno de esta magnitud, los niños, niñas y adolescentes necesitan apoyo psicosocial para hacerle frente.

“Esto es lo que nos queda”, dijo Marianise señalando las bolsas que llevaban con ellos. Jahmaurae sostenía una con fuerza. “No tenemos nada más”, añadió.

Hoy pude presenciar la devastación desde arriba y desde el suelo.

Desde arriba, sobrevolando Abaco, pude ver kilómetros y kilómetros de destrucción, con techos arrancados, escombros por doquier, autos volcados, contenedores de embarque y botes destrozados en tierra y muchas zonas bajo el agua.

En el suelo, bajo un sol abrasador, solo unos pocos edificios seguían en pie en un mar de escombros, donde el metal retorcido y las maderas rotas cubrían el paisaje. Barcos y automóviles estaban dispersos por todas partes, y los principales edificios, reducidos a cimientos.

El daño es catastrófico y está muy extendido, pero es más extremo en Mash Harbour. Caminando por una de las calles agrietadas de esta ciudad, conocí a Benson Etienne (15), que montaba en bicicleta para moverse por los escombros y las dañadas carreteras.

Junto al Gobierno y a otras agencias ONU, UNICEF está trabajando las 24 horas para comenzar la distribución de suministros que salvan vidas a las familias necesitadas. Se espera que el primer envío de suministros de agua y saneamiento de UNICEF, incluidas tabletas de purificación de agua para unas 9,500 personas, llegue a las Bahamas hoy (7 de septiembre).

Cuando Jahmaurae Moreau y su familia aterrizaron en Nassau, las lágrimas desaparecieron rápidamente de su rostro. Vio a su otro hermano esperándolo con una gran sonrisa. Finalmente, pudieron reagruparse y se quedarán en la casa de un pariente.

El futuro es incierto, pero ver a una familia reunida nuevamente me da esperanza. Como Jahmaure me ha mostrado, no hay tiempo para llorar. Es hora de actuar y ser más fuertes, trabajando juntos.

Manuel Moreno Gonzalez, Especialista en Comunicación, Oficina Regional de UNICEF para América Latina y el Caribe

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