El ébola deja a los niños huérfanos en Sierra Leona

Asomando la cabeza por detrás de la puerta de entrada, Francis, un niño de 13 años, me da la bienvenida en una casa con pocos muebles ubicada en la periferia de la ciudad de Kailahun. La casa es humilde pero firme, y está enclavada en la ladera de una de las exuberantes y suaves colinas que definen el paisaje de la provincia de Sierra Leona Oriental.

El carácter altamente contagioso del ébola, junto con las condiciones de hacinamiento, han llevado a que familias enteras se estén infectando al mismo tiempo. En el caso de Francis, sus dos hermanas menores, Rose (5) y Alice (3), entraron en el hospital de tratamiento del ébola dirigido por MSF en Kailahun después de que su madre, su padre –y más tarde la abuela– se enfermaran.

Sus padres murieron poco después de ser ingresados, mientras que sus hermanas y su abuela, que desarrollaron los síntomas y dieron positivo, fueron trasladadas a la zona de casos positivos del hospital.

Milagrosamente, Francis escapó la enfermedad y fue llevado al “Centro de Atención Provisional”, un lugar de rehabilitación que recibe el apoyo de Save the Children y UNICEF. Encabezado por una anciana llamada Mamie Kpulum, la casa ofrece a los niños, cuyas vidas han sido devastadas por el ébola, un refugio y una estabilidad muy necesarios.

“Me siento muy, muy triste por estos niños, pierden a sus padres y luego tienen que adaptarse a una nueva vida. Nuestro trabajo es que se sientan seguros y protegidos”, dice.

Mamie Kpulum dirige el centro de atención provisional.
(c) UNICEF Sierra Leone/2014/DunlopMamie Kpulum dirige el centro de atención provisional.

En los últimos dos días, otros cuatro niños han llegado al albergue –tres de ellos son niños pequeños– con lo que el número de ocupantes ha aumentado a 10. Rose, la hermana de Francis, de 5 años, es una de las recién llegadas, después de su notable recuperación y la posterior salida del hospital. Trágicamente, el más joven de los hermanos no sobrevivió, una noticia devastadora que Rose compartió con su hermano mayor, Francis, cuando se reunieron.

Hawa Kamokai es otra cuidadora voluntaria que pasa sus días y sus noches con los niños. Ella los alimenta, los distrae con juegos, y hace lo máximo posible para llenar el terrible vacío dejado por sus padres, que ya no están con ellos. Compartir su tristeza es una carga enorme que Hawa lleva con amabilidad y calidez, y está claro que los niños le han cogido rápidamente cariño.

“Yo pienso más en los que son mayores, porque saben exactamente lo que está pasando. Trato de animarlos tratando de que expliquen sus sentimientos”, dice mirando a Francis.

Hawa Kamokai es voluntaria en el albergue.
(c) UNICEF Sierra Leone/2014/DunlopHawa Kamokai es voluntaria en el albergue.

Francis se inclina en torno a la mesa donde estoy sentado con Hawa y Mamie Kpulum. Se trata de uno de esos niños de ojos grandes que escucha intensamente las conversaciones de los adultos, y mira a su alrededor con un aire de conocimiento, mientras se discute la situación.

Francis siente más profundamente la ausencia de su padre, Emmanuel Sakila. “Echo de menos su aliento, y la forma en que solíamos andar juntos; él me hablaba y me asesoraba, y echo de menos aquello porque ahora él ya no está”, dice en voz baja.

Además de la pena que confronta cada día, Francis también se enfrenta al trauma de ser un “contacto ébola”. Debido a que el resto de su familia se infectó, Francis debe ser observado de cerca durante todo el período de incubación de tres semanas, y cada mañana Hawa le toma la temperatura. El día anterior fue particularmente preocupante, ya que tuvo algo de fiebre.

“Aislamos a Francis y luego le hicimos de nuevo la prueba del ébola, pero dio negativo y estaba bien, era sólo una pequeña fiebre. Su hermana pequeña, Rose, estaba muy preocupada, no comía ni dormía, porque no quiere perder a otro miembro de la familia”, dijo Hawa.

Rose muestra su certificado de buena salud, emitido por el Ministerio de Salud y Saneamiento cuando salió del centro de tratamiento del ébola.
(c) UNICEF Sierra Leone/2014/DunlopRose muestra su certificado de buena salud, emitido por el Ministerio de Salud y Saneamiento cuando salió del centro de tratamiento del ébola.

Rose se mantiene en silencio cuando se realizan las primeras presentaciones, aferrada a la falda de Hawa. “Echa mucho de menos a su madre, llora por su madre”.

En mi segunda visita, su estado de ánimo ha cambiado, y juega con los otros niños, sonríe y hace muecas; resulta fácil olvidar que ha perdido a la mayor parte de su familia debido a una terrible enfermedad que ella es demasiado joven para comprender. Rose pronto llama mi atención y Francis le instruye para mostrarme algo. Entonces desaparece hacia el dormitorio y me muestra el certificado de buena salud que recibió a su salida del hospital tras el tratamiento del ébola. Lo sostiene con orgullo, sin comprender plenamente su significado.

Hawa y Mamie Kpulum, con la ayuda de Fattu Fomba, un Oficial de Protección de la Infancia de Save the Children, intentan proporcionar apoyo a los niños a través de una serie de actividades de asesoramiento psicosocial que incluyen cuentos, juegos de rol y canciones.

Según Fattu, “los niños más pequeños sólo necesitan recibir nuestra atención; necesitan cariño y nosotros tratamos de dárselo, solamente queremos que estén felices”.

“A veces, cuando regreso de la oficina, lloro, me pregunto qué va a ocurrir con estos niños y con su futuro. He prestado asesoramiento durante 10 años, y esta situación es la más dura. El ébola es una guerra secreta, no hay pistolas, pero la gente sufre los mismos eventos traumáticos”, dice Fattu.

Hawa y Fattu proporcionan apoyo a Rose y Francis en el albergue.
(c) UNICEF Sierra Leone/2014/DunlopHawa y Fattu proporcionan apoyo a Rose y Francis en el albergue.

Francis y Rose permanecerán en el albergue hasta que se encuentre una casa más permanente para ellos. Save the Children, con el apoyo de UNICEF, y el Ministerio de Bienestar Social, Género y Asuntos de la Infancia está trabajando para rastrear a los miembros de la familia que estén dispuestos a ocuparse de los niños.

La esperanza era que su abuela se recuperara de la enfermedad y regresara con ellos al poblado de Kusedou, en el condado cercano de Kissi Teng. Sin embargo, murió en el momento en que escribíamos esta crónica, y el futuro de estos niños sigue siendo cada vez más incierto

Hasta la fecha, más de 300 niños de toda Sierra Leona han quedado huérfanos debido al virus del ébola, y es posible que este número aumente considerablemente a medida que la enfermedad se propague.

Nota noticiosa de UNICEF: Por los menos 3.700 niños en Guinea, Liberia y Sierra Leona han perdido a uno o a ambos progenitores debido al ébola desde que comenzara el brote.

Jo Dunlop es una consultora de UNICEF que trabaja en Sierra Leona.

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