El bebé milagroso del terremoto de Ecuador

Mi hija nació el 16 de abril. Fue un día tan bello y lindo.

Cuando empezaron las contracciones, mi mamá me acompañó al centro de salud. Caminamos casi una hora para llegar allí. Yo tenía tanto dolor que pensé que iba a dar a luz en la calle. En el momento en que llegue el centro, yo ya estaba en trabajo de parto.

La bebé nació a las 3:45 de la mañana. Lloraba mucho y quería darle pecho pero solo pude hacerlo cuando se calmó y se durmió.

Al otro día me mandaron a la casa. Toda mi familia me estaba esperando allá. Fue maravilloso que toda mi familia se reuniera. Micaela Guadalupe tenía un poco más de un año cuando me enteré de que estaba embarazada de nuevo. Estaba preocupada pero muy feliz. Sabía que me familia me iba a apoyar.

Una madre sostiene a su bebé
UNICEF/UN018956/ArcosYajaira Altafulla, de 24 años, sostiene a su hija Milagro. El padre de sus dos hijas no está respondiendo por sus necesidades, por lo que Yajaira estaba planeando demandarlo por alimentos cuando Milagro naciera.

Mi marido y yo nos separamos hace seis meses. Yo estaba decidida a seguir adelante con mi vida. Iba a buscar un empleo, terminar mis estudios universitarios y criar a mis dos bebés.

Vivíamos en una casa con vista al río, en un pueblo llamado Boquita China. Viví en esta zona con mi familia toda mi vida. Teníamos casas separadas pero yo pasaba todo el día en la casa de mi mama. Toda la familia se reunía allí.

Estaba en la cama con mi bebé cuando comenzó el primer temblor. Tengo una gallina de mi primer bebé que ponía huevos y le dije a mi papá que los huevos se iban a romper y ya no iba a haber pollitos.

Después el temblor se hizo más fuerte. Le pedí a Dios que me ayudara. Era una desesperación terrible. Se cayeron todas las paredes. Mi mamá salió a buscar a mi otra hija afuera, y de suerte estaba con mi papá y la tenía en sus brazos, o si no toda la pared le habría caído encima. Cuando mi mamá se levantó para buscarla, una pared le cayó encima y quedó como inconsciente. Ella se metió debajo de la mesa y ahí se quedó. Yo estaba muy preocupada.

Mi bebé estaba acostada tan cerca de la pared que se cayó. Podría haberle pasado algo. Fue como una bendición que no estuviera herida. Apenas me pude mover la traje cerca de mí. No estaba llorando y me quedé pensando que le había podido pasar algo, que le hubiera caído todo encima. Las paredes se cayeron. Se fue la luz. Fue algo terrible. No encontraba mis zapatillas. Toda mi familia estaba afuera. Gritaban y lloraban. Me daba mucho temor. La marea bajó y teníamos miedo de que viniera una ola.

Yo no podía correr, pero algo me decía que me levantara. Mi familia entró a ver si me había pasado algo. Le dije a mi hermana que cogiera a mi bebé en una sábana porque yo no podía hacer fuerza. Mi hermano se ofreció a llevarme en los hombros. Le dije que tranquilo, que caminara.

Había una pequeña loma detrás de la casa y decidimos subir para escapar de cualquier ola. No nos dimos cuenta de que una casa se había caído y aplastado otras casas por debajo de ella.

Estaba oscuro, las espinas se me metían en las manos, las zapatillas no me quedaban, estaba preocupada por mi hija pequeña. En todo momento le pedía a Dios que me ayudara y que se salvara.

Cuando llegamos a la loma, vimos las casas aplastadas. Todo el mundo estaba corriendo. Había personas atrapadas bajo los escombros.

Seguíamos subiendo. Todas las personas estaban arriba, la tierra se había partido. No podíamos pasar, pusieron unas tablas para poder pasar. En algún momento, un abogado que conocía a mi mamá nos ofreció llevarnos.

Mi mamá estaba muy preocupada por las olas grandes que venían y quería que siguiéramos caminando. Le dije que Dios nos había puesto en esto. Dios no nos dijo que iba a suceder. Nadie sabía que iba a pasar. Y una ola puede alcanzarnos a donde vayamos. Prefiero morir aquí con mis hijas cerca de nuestra casa. Alguien nos dijo que fuéramos a una escuela cercana.

Éste es nuestro destino. Estamos pagando por los pecados de las demás personas. Mi hija acaba de llegar a este mundo y no sabe nada de la vida.

Llegamos a la escuela y nos quedamos en una de las aulas. Más familias seguían llegando. No había una sola vela. Mi hermano pequeño trajo una sábana de la casa, y mi hija y yo dormimos sobre ella en el piso. Esa noche no dormí tranquila. Había bastante gente y casi no me podía mover.

No sé qué va a pasar después. Las escuelas vuelven a empezar las clases en julio y vamos a tener que encontrar otro lugar para vivir, no sé dónde. Mi casa fue destruida por completo. Más que nada, me preocupo por las niñas. Hay mucho polvo aquí y puede hacerle daño a la pequeña, y la más grande tiene gripa y diarrea. Hay un montón de mosquitos por la noche.

Aquí la gente me preguntó por el nombre de la bebé. No tenía ni idea de qué nombre le iba a poner. Alguien dijo que le pusiera María el Terremoto, y pensé que no podía ponerle a mi hija Terremoto. Entonces pensé en el nombre de Milagro. Es un milagro de Dios porque mi hija está viva, no le pasó nada.

Yajaira Altafulla tiene 24 años y es la madre de Micaela Guadalupe, de 2 años, y de Milagro Sarai, de 1 mes.

Entrevista realizada por Najwa Mekki, Especialista en Comunicación del Área de Medios de Comunicación de UNICEF HQ. Lea más sobre el terremoto en Ecuador.

Grabada el 4 de mayo en Pedernales, Ecuador, en la Escuela 31 de Marzo.

 

 

 

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