Ébola: la búsqueda del paciente cero

Es cierto que cuanto más alejado está uno de la crisis del ébola, más paranoico se siente acerca la enfermedad. Cuando llegué al centro mismo donde se cree que se originó el ébola, en África occidental –un pequeño pueblo pintoresco, situado en medio de un bosque, llamado Meliandou, en Guinea– me di cuenta de esta cuestión.

Mientras me preparaba para salir de Sudáfrica, mi bolsa estaba llena de todo tipo conocido de desinfectante, un termómetro que no hace falta colocarlo cerca del cuerpo y como respaldo uno de mercurio, pastillas para el paludismo, antibióticos para el pecho y el estómago, guantes, botas de goma, mascarillas, y una variedad de líquidos para esterilizar las manos. Mi cerebro estaba lleno de noticias frenéticas, de estadísticas cada vez más graves y de historias trágicas sobre vidas perdidas.

Destino: la Zona Cero
Para llegar a Meliandou, Guinea, desde Johannesburgo, Sudáfrica, había que viajar a través de Dakar, Senegal, arribar a continuación a Conakry, Guinea, y tomar un vuelo interno de las Naciones Unidas hacia el sureste de Kissidougou. Tras pasar siete puntos de lavado de manos con cloro y controles de temperatura, y después de dos horas en automóvil por una carretera escénica pero horrenda, llegamos a Guéckédou, donde se encuentra uno de los dos centros de tratamiento del ébola de Guinea a cargo de Médicos Sin Fronteras.

A partir de ahí, un “camino” aún peor me llevó hasta el pueblo sin pretensiones donde se cree que se inició la actual epidemia de ébola. Más específicamente, hasta el humilde hogar de Ouamouno, donde vivía quien según Wikipedia y numerosos artículos de prensa califican de paciente cero, un niño que contrajo la enfermedad de una forma desconocida.

Guéckédou, donde se encuentra uno de los dos centros de tratamiento del ébola de Guinea a cargo de Médicos Sin Fronteras.
(c)UNICEF DRC/2014/Stefano ToscanoGuéckédou, donde se encuentra uno de los dos centros de tratamiento del ébola de Guinea a cargo de Médicos Sin Fronteras.

El nombre real del paciente cero es Emile Ouamouno. Tenía sólo dos años cuando murió en diciembre de 2013. Después de él, también murió su hermana Philomène. Y luego su madre.

En sólo un mes, el padre de Emile, Etienne, vio su familia hecha trizas. Visiblemente conmocionado y aún de duelo, busca entre un montón de fotografías antiguas para mostrarme el aspecto del niño cuando tenía unos pocos días de edad: un bulto de mantas que rodean una cara preciosa en manos de dos jóvenes padres inexpertos. Etienne enciende una radio portátil de color rojo brillante, que contrasta con el color marrón fangoso de la casa de dos habitaciones. “A Emile le gustaba escuchar la radio y a su hermana le gustaba cargar bebés en la espalda”, explica.

Antes de que sufrieran sus horribles muertes después de padecer fiebre, diarrea y hemorragias graves, él y su hermana solían bailar y jugar a la pelota fuera de la casa. Aquí se escuchaban con frecuencia muchas risas, pero ahora sólo existe el estertor de la tragedia a medida que el día avanza hacia la mañana siguiente.

“Ahora somos aún más pobres de lo que éramos antes”
La embestida de ébola es rápida y cruel. Su impacto a largo plazo es más terrible todavía. Para Etienne, un agricultor como tantos otros en su comunidad, el trauma de la pérdida se empareja con la ruina financiera causada por el estigma. Normalmente, los miembros de la comunidad Meliandou venden sus espinacas, trigo, arroz, maíz y plátanos en los alrededores de Guéckédou. Pero ya nada es normal.

“Nadie quiere comprar nuestros productos”, dice el jefe Amadou Kamano. Debido al miedo y el pánico, las familias también quemaron colchones, mantas y otras posesiones de las personas que murieron de ébola. Kamano dice: “La gente quemó todo por miedo… ahora somos aún más pobres de lo que éramos antes.”

Este es Brelesse Ouamouno y su hija. Él nos pidió que les tomáramos una foto junto a la tumba de su fallecida esposa, Torh, que murió en febrero después de contraer el ébola.
Este es Brelesse Ouamouno y su hija. Él nos pidió que les tomáramos una foto junto a la tumba de su fallecida esposa, Torh, que murió en febrero después de contraer el ébola.

La calamitosa situación económica de Meliandou es una indicación de los problemas fiscales más generales de Guinea. El Banco Mundial estima que el país podría sufrir una pérdida de hasta el 2,3% de su PIB como consecuencia del estigma de que es objeto por parte de los turistas, los comerciantes y los inversores potenciales. El mundo ha puesto prácticamente en cuarentena a un país en el que el 43% de las personas que ya vivían con menos de 1,25 dólares al día antes de esta crisis de salud.

Una generación marcada
Esta parte del país se parece a una escena de Medicine man y la espesura del bosque debe estar llena de muchos depredadores peligrosos; sin embargo, estas amenazas son incomparables con los peligros del ébola.

El efecto devastador que tiene sobre toda una generación de niños es de gran alcance. Aunque Emile y Philomène sufrieron a causa de la enfermedad y la agonía, alrededor de 1.400 niños han quedado huérfanos como consecuencia de la muerte por ébola de uno o ambos progenitores. Además del trauma de perder a sus padres, ahora deben también hacer frente al estigma. Las familias que, en cualquier otra circunstancia, habrían acogido a estos niños tienen ahora demasiado miedo.

“La gente huye de sus aldeas, y abandona a sus familias y a sus hijos. Rechazan a los niños infectados y a los otros miembros infectados de la familia”, dice Fassou Isidor Lama, un Oficial de Protección de la Infancia de UNICEF. “Así que estamos trabajando para proporcionar apoyo directo a los niños, y también para acompañar a la familia para evitar su estigmatización”.

El contagio del miedo
A pesar de que la epidemia se ha agravado en Guinea y en otros países afectados –Sierra Leona y Liberia– en Meliandou no se han registrado nuevos casos desde abril. La comunidad sabe cómo identificar los síntomas y evitar su propagación, y la gente dice que el estigma está amainando, aunque muy lentamente.

Las 14 tumbas que se encuentran al lado de las casas solitarias de los primeros muertos por ébola en Guinea muestran que no es posible enterrar ni olvidar el dolor y el sufrimiento de esta comunidad. Y Meliandou ocupa para siempre un lugar en la historia como la zona cero de una epidemia que actualmente está muy por delante de la respuesta.

Al dejar el pueblo, me doy cuenta de que nada de lo que yo llevaba conmigo a Guinea –en mi cerebro o en mi maleta– había servido de profilaxis para mis sentimientos actuales. Mi paranoia se desmoronó cuando conocí al padre de Emile y me enfrenté con la verdadera cara del ébola. Se trata de una catástrofe global localizada: representa la destrucción de las familias, la ruptura de las comunidades, el colapso de los medios de vida y el silenciamiento de la risa de los niños.

Una versión de este artículo apareció originalmente en The Daily Maverick el 27 de octubre de 2014.

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