Cuatro años en el campamento para refugiados Zaatari

Siento que ya había estado aquí antes. Me resulta enormemente familiar: el largo trayecto en coche por carreteras desiertas bajo un sol abrasador, el pastor solitario y su rebaño a los que adelantamos a gran velocidad, la estación de gasolina desolada.

Pasado el control, nos acercamos a unas calles polvorientas con hileras de casas prefabricadas. En 2009 esto eran tiendas, me digo a mí misma. A continuación, recuerdo que no estoy en Siria, sino en Jordania, y que esos refugiados no son iraquíes, sino de la provincia de Daraa y del Damasco rural.

El niño en su burro en la pequeña calle.
UNICEF/MENA/DakhllalahCalle Souk, la calle principal del campamento, también es conocida como los Campos Elíseos.

Este lugar es mucho más grande que en el que estuve yo (mejor organizado) y las estructuras son más duraderas. Visitamos una planta depuradora de aguas residuales donde se trata el 80% del agua residual que se genera en el campamento, y nos explican que también están construyendo un canal de distribución de agua.

Hace siete años, cuando trabajaba con ACNUR en Siria, llegué a familiarizarme bien con los dos campamentos del desierto que acogían a palestinos de Iraq. En esos lugares, los acentos palestinos pertenecían a los refugiados, mientras que las cadencias shamis correspondían a los trabajadores del país.

En esta ocasión, los refugiados son los sirios.

Este es Zaatari, conocido por ser el segundo campamento de refugiados más grande del mundo. Esta ciudad situada en el desierto y de un tamaño de cuatro kilómetros cuadrados es el “hogar” de 80.000 personas, la mitad de ellos, niños. Unos 25.000 están en edad escolar, pero algunos no se molestan en estudiar en medio de ese calor desértico sofocante. UNICEF está trabajando para instalar unas infraestructuras que logren reducir el número de niños que abandonan la escuela. En el campamento hay nueve escuelas operativas que ofrecen dos turnos y cuentan con profesores jordanos designados por el Ministerio de Educación. Además, se están construyendo otras dos. Cerca de 20.000 niños están matriculados: las niñas van al turno de mañana y los niños al de la tarde.

El Consejo Noruego para los Refugiados gestiona unos “laboratorios de innovación” para ofrecer cursos de aprendizaje y de formación avanzada a adolescentes por competencias profesionales: carpintería, soldadura, costura o programación informática. Esto les permite colaborar con la comunidad del campamento con proyectos como reparación de sillas de ruedas, fabricación de pupitres y diseño de uniformes escolares.

Pudimos ver algunos trabajos manuales espléndidos: una cuna, un joyero, camisetas e incluso un vestido de novia. Por supuesto, en este lugar la gente también se casa, forma su familia y vive vidas “normales”.

La foto de un costado de un edificio con escritura en él
UNICEF/MENA/dakhlallahLos centros Makani ofrecen habilidades para la vida, apoyo psicosocial y educativo a los niños refugiados sirios en todo el campamento.

Conocimos a algunos niños en el centro Makani , que en árabe significa Mi Espacio. Allí reciben apoyo psicosocial y educativo y orientación sobre las destrezas de la vida. Unas niñas pequeñas, avispadas y alegres juegan en el ordenador. “¿En qué estás trabajando?”, le pregunto a Arwa, de 11 años, sentada frente a una pantalla. “Es el juego del cielo”, dice, como dándolo por hecho. Supongo que soy la única que no lo conoce. En el patio, un grupo de niños más pequeños tratan de impresionarme (a mí o, tal vez, a mi cámara) tirando con fuerza de los extremos de una cuerda, pero en cuanto llevan un rato forcejeando se olvidan inmediatamente de que estoy ahí.

Me llama la atención una choza de hojalata en cuya fachada están pintadas las palabras al-Ameed Coffee. El hombre que hay tras el mostrador y su hijo me saludan con cálidas sonrisas. Abou Anas y su familia llegaron a Zaatari desde el Damasco rural hace tres años y medio. Le puso a su tienda el nombre de la famosa marca jordana de café porque “eso es con lo que empezamos y todavía lo seguimos vendiendo”. Insiste en ofrecerme algo de beber y hace oídos sordos cuando protesto para que me deje pagar una botella de agua. Sonríe al dármela: “¡usted nos está publicitando de forma gratuita!”. Como corresponde, cuando llego a casa por la noche publico una fotografía de su tienda en mi cuenta de Twitter.

El agua de Zaatari procede de una excavación de pozos perforados de 450 metros de profundidad, y son UNICEF y sus aliados quienes se encargan de purificarla y distribuirla. Se distribuye en camiones conducidos por voluntarios refugiados. Cada refugiado obtiene 35 litros de agua al día. Los propios sirios, como parte de un programa de dinero en efectivo a cambio de trabajo, realizan gran parte de las tareas del campamento. Otros obtienen sus ingresos del comercio, y podemos ver sus negocios a lo largo de la ajetreada calle Souk, también conocida como los Campos Elíseos. ¿Por qué? Ellos me lo cuentan: “Hasta finales de 2013 hubo aquí un hospital militar móvil francés que nos dio la inspiración para el nombre”.

Entro en una impresionante tienda de comida regentada con orgullo por Khalil Abou al-Yabes, de la ciudad de Inkhil, en la provincia de Daraa. Cuenta con todo tipo de avellanas, nueces, frutos secos, caramelos y cereales dispuestos primorosamente para los clientes. Su dueño la montó tan solo dos meses después de su llegada a Zaatari, hace más de tres años y medio.

Al otro lado de la calle, Shaker al-Omary, aunque con algo de reticencia, me deja entrar en su sastrería, que lleva el nombre de su ciudad natal: Daraa al-Balad. Al principio solo me da permiso para tomar fotografías de la tienda. “No quiero salir en la prensa”, anuncia, frunciendo el ceño. Después, comenzamos a conversar sobre dos pájaros que canturrean en una jaula que hay colgada encima de nosotros. “Se llaman Pájaros del cielo”, me dice. “Yo fui un sastre muy conocido en Deraa al-Balad antes de llegar al campamento hace tres años. Desde entonces, he tomado más cursos avanzados”. Señala sus certificados, enmarcados con tiras de tela y colgados en la pared. “Hágales una fotografía”.

Una foto de primer plano de un hombre refugiado y su equipo de costura
UNICEF/MENA/DakhlallahShaker al-Omary llegó a Zaatari hace tres años, donde puso en marcha esta sastrería que lleva el nombre de su ciudad natal Daraa al-Balad.

Finalmente, Shaker acepta que lo fotografíe sentado en su máquina de coser y yo siento una punzada de orgullo periodístico por haberme ganado su confianza. Antes de marcharme, me hace apuntar la página web de UNICEF y mi cuenta de Twitter. “Quiero ver la fotografía cuando la publiquen”.

Yo me marcho de allí frustrada, preguntándome por qué está pasando esto de nuevo. Cada día llegan personas nuevas que escapan del infierno de la vecina Siria y entran al moderno Campamento de al-Azraq en la frontera oriental. Y después de cinco años sigue sin haber un final a la vista para esta guerra. ¿Por qué lo permitimos? ¿Por qué todos los seres humanos dejamos que esto continúe?

Conforme nos marchamos en nuestro vehículo del campamento base de las Naciones Unidas, vemos a unos niños de no más de 12 o 13 años con sus bicicletas apoyadas en el muro exterior, agachados en la sombra mirando sus teléfonos móviles. “Están intentando acceder a la red wifi del campamento base”, indica nuestro conductor. El acceso a internet es limitado en el campamento.

*Zaatari, el mayor campamento de refugiados de Oriente Medio, se estableció en Jordania el 29 de julio de 2012 para acoger a los refugiados que escapaban de la violencia de la vecina Siria

Farah Dakhlallah es Especialista Regional en Comunicación en la Oficina Regional de UNICEF para Oriente Medio y África del Norte

 

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