Los niños que huyen a Europa sueñan con una vida “normal”

Cuando llegué el domingo a la ciudad de Gevgelija, cerca de la frontera con Grecia, podía ver el miedo y la desesperación en los ojos de la gente y de los niños. Miles de niños y familias que huían de las zonas de conflicto de Oriente Medio, Asia y algunas partes de África tuvieron que pasar por el cordón policial donde habían estado esperando para entrar en el país, lo que ocasionó una estampida de gente agotada y asustada corriendo hacia el centro de la ciudad.

En medio de esa confusión, algunos niños perdieron de vista a sus familias y se quedaron deambulando cerca de las vías del tren. Mi colega y yo temíamos por su seguridad, así que salimos a buscarlos para llevarlos a un centro temporal de protección hasta que pudieran reunirse con sus familias o sus responsables. Los niños estaban asustados pero, por suerte, al final todos consiguieron reunirse con sus familias.

Sin embargo, para muchos de esos niños este incidente fue solo uno de los muchos a los que deben enfrentarse en sus peligrosos viajes en busca de un lugar seguro después de ser desplazados de sus ciudades de origen a causa de conflictos. Entre 2.000 y 3.000 personas, normalmente en grupos de entre 50 y 100, emprenden a diario viajes muy peligrosos en embarcaciones para atravesar el mar Egeo desde Grecia hasta la antigua República Yugoslava de Macedonia. Después de eso, van hasta Serbia y, de allí, a otros países de la Unión Europea.

Después de varios días y noches de viaje, los niños más pequeños llegan deshidratados o con fiebre por haber dormido al aire libre. Tanto los niños como los adultos llegan descalzos porque sus zapatos terminan rompiéndose después de tanto andar.

Algunas familias proceden de Siria o de Iraq, mientras que otras viajan desde Afganistán. Su objetivo en común es vivir en paz, libres de la amenaza de la violencia, los desplazamientos y la muerte.

Lamar tiene 4 años y ha viajado con su madre desde Siria durante dos meses hasta llegar a la frontera de Gevgelija. Se dirigen a Alemania para reunirse con el padre de Lamar, que consiguió llegar hasta allí hace cuatro meses. Su madre nos cuenta que su hogar se quemó y se quedaron sin nada. La esperanza de reunirse con su familia y mejorar su calidad de vida es su motivación para seguir adelante.
© UNICEFMK/2015/TomislavGeorgievLamar tiene 4 años y ha viajado con su madre desde Siria durante dos meses hasta llegar a la frontera de Gevgelija. Se dirigen a Alemania para reunirse con el padre de Lamar, que consiguió llegar hasta allí hace cuatro meses. Su madre nos cuenta que su hogar se quemó y se quedaron sin nada. La esperanza de reunirse con su familia y mejorar su calidad de vida es su motivación para seguir adelante.

La mayoría de los niños no quisieron contarme sus experiencias de la guerra. Prefieren compartir sus esperanzas de futuro, entre las cuales está poder volver a la escuela. Precisamente, el otro día observé cómo un grupo de niños de distintas procedencias jugaban a que estaban en la escuela. Aunque no todos hablaban el mismo idioma, se organizaron para decidir quiénes hacían de maestros y quiénes de estudiantes, compartiendo así el mismo sueño de convertirse por un día en un “niño normal”.

Han pasado unos cinco días desde el caótico incidente en la frontera, y los servicios dedicados a quienes se disponen a cruzarla han mejorado. Hay un nuevo Centro de Acogida de Inmigrantes a unos 500 metros de la frontera griega, y estamos trabajando con nuestros aliados para garantizar que los niños y las familias que llegan allí reciben los servicios esenciales para mantenerse a salvo durante el viaje que les espera. Las mujeres y los niños ahora también pueden acceder a servicios de apoyo en una segunda tienda de campaña que se ha instalado en el centro como espacio seguro.

A pesar de esto, aún queda mucho por hacer para atender la creciente demanda de necesidades humanitarias que hay aquí. No hay espacio suficiente para acoger a la cantidad de gente en tránsito y muchos de ellos se ven obligados a esperar sentados afuera durante horas bajo un sol aplastante. Se necesitan más instalaciones de saneamiento y no hay agua corriente: he visto a padres lavar a sus hijos con agua de botellas.

No obstante, nosotros estamos aquí para ayudar, y poco a poco la situación mejorará. Espero que los niños que he conocido pronto consigan lo que más ansían: una vida normal que les permita sentarse en una clase de verdad en lugar de en una imaginaria.

Aleksandar Lazovski es Especialista en Protección Social para UNICEF.

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