Lo que pudo haber ocurrido

La trabajadora humanitaria de UNICEF Gerida Birukila reflexiona acerca del ataque que se produjo el 28 de julio contra un convoy humanitario en el estado de Borno, al noreste de Nigeria

Aunque estaba cansada, me sentía con energía. Un poco ebria por el atracón de azúcar de los mangos secos que había compartido con un colega en el coche (lo primero que me había dado tiempo de comer en todo el día), no dejaba de darle vueltas a todo lo que habíamos logrado conseguir durante el día tan ocupado que habíamos pasado en la ciudad asediada de Bama.

Un coche con agujeros de bala
UNICEF/Garba SafiyanuEl vehículo blindado que protegió al personal de UNICEF durante el ataque.

De repente, una explosión lo llenó todo de humo y comenzó un tiroteo de balas que chocaban fuertemente contra nuestro automóvil. Escuchábamos el ruido sordo de las balas que golpeaban la ventana que había tras de mí, la puerta sobre la que acababa de estar apoyada.

Nuestro vehículo estaba blindado y resistía los disparos, y aunque los cristales de las ventanas se fragmentaron, no llegaron a romperse. Yo me tiré al suelo del automóvil junto a mi colega mientras continuaba el intenso tiroteo. Nos agarramos las manos. Yo me puse a rezar.

Los tiros dañaron las ruedas y el motor, pero nuestro conductor aceleró como pudo para tratar de llevar el vehículo a la carretera y sacarnos de esa emboscada lo antes posible. Pasamos junto a un vehículo militar que había ido delante de nosotros y cuyos ocupantes se habían enfrentado a los atacantes. Pudimos ver claramente que algunos de los soldados estaban heridos.

Habíamos logrado dejar la batalla atrás, pero después de aproximadamente un kilómetro una nube de humo comenzó a salir del motor. Nuestro vehículo se detuvo por completo. Contactamos con el otro vehículo de UNICEF, que se hallaba detrás de nosotros en el convoy, para pedirles que nos recogieran. Sin embargo, y aunque habría sido lo normal, no fue el conductor quien respondió, y cuando se detuvieron junto a nosotros entendimos por qué. Él estaba tirado en la parte trasera del vehículo sangrando abundantemente. Otro colega se había puesto al volante. Nos apilamos adentro tan rápido como pudimos aprovechando cada hueco del vehículo y dejamos el nuestro allí.

Las ruedas de este también habían recibido disparos y el motor también estaba dañado; aun así, conseguimos llegar hasta la ciudad de Konduga, que se encontraba a varios kilómetros. Durante el trayecto, vimos varios vehículos militares nigerianos pasando a gran velocidad en la dirección opuesta, apresurándose para batallar con el grupo que nos había emboscado a nosotros.

Aquí no hay un día “normal” o “cualquiera”, especialmente desde que comenzamos a ganar cada vez más acceso a las partes del estado de Borno controladas por Boko Haram, en las que hace años que se bloqueó todo tipo de asistencia. Cada vez que nos aventurábamos a visitar esas comunidades nos encontrábamos con personas que estaban sufriendo hasta un punto que jamás habíamos visto. El brutal conflicto del noreste de Nigeria los ha dejado hambrientos y enfermos, sin acceso a agua limpia ni asistencia médica. Cada día, hemos intentado atender a tantas personas y comunidades como nos era posible, sabiendo que un solo día puede ser cuestión de vida o muerte para un niño desnutrido o enfermo.

Trabajamos con aliados que se encuentran en el terreno y se ocupan del tratamiento médico básico y de la malnutrición de los niños, proporcionan vacunas, cavan agujeros en la tierra y construyen letrinas. Nosotros organizamos, formamos al personal y establecemos sistemas para poder multiplicar el efecto de la labor que realizamos, de modo que podamos atender a más gente.

Mi día en Bama, donde 25.000 personas traumatizadas buscaban sentirse relativamente seguras y donde las condiciones mejoraban lentamente, había transcurrido trabajando con movilizadores de la comunidad dedicados a supervisar la posible malnutrición de los niños y garantizar que las mujeres embarazadas recibieran atención prenatal y que se proporcionaran las vacunas esenciales para la supervivencia de los niños. El resto de mis colegas de UNICEF habían estado trabajando en cuestiones de salud y nutrición, agua y saneamiento, y era gratificante ver que los sistemas se desarrollaban y que muchas más personas obtenían asistencia de mejor calidad. Mientras nos reuníamos para subirnos a nuestros vehículos y dirigirnos desde Bama hasta nuestra base de Maiduguri, todos estuvimos de acuerdo en que había sido un buen día. Sin embargo, al final resultó ser, sin duda, mucho menos “normal” que otros días.

Mientras nuestro vehículo dañado se adentraba con dificultad en la ciudad de Konduga, llamamos a una ambulancia. El colega que se había puesto al volante de nuestro conductor herido era médico, y enseguida atendió al conductor y lo acompañó en la ambulancia hasta Maiduguri. A causa del intenso tiroteo, el cristal de la ventana del conductor había terminado rompiéndose y los cristales le habían hecho heridas en la cara.

En Konduga, esperamos a los demás integrantes del convoy. Nos habíamos ido de Bama todos juntos y tras 40 minutos agonizantes se reunieron allí con nosotros. Cuando llegaron, nos abrazamos todos. El conflicto había continuado y, como nosotros, ellos también habían tenido que abandonar algunos de los coches; afortunadamente, todos estábamos allí y nadie había muerto. Si no hubiese sido por los vehículos blindados, probablemente ninguno de nosotros habría sobrevivido.

Todos habían permanecido sorprendentemente tranquilos durante el ataque: el conductor herido de UNICEF siguió conduciendo hasta que el vehículo estuvo fuera de peligro; una hazaña que, sin duda, salvó la vida de todos los que estábamos dentro antes de detenerse y ceder el volante. Todos estábamos temblando y estoy segura de que no soy la única que lloró en silencio esa noche en casa. Se necesita tiempo para asumir lo cerca que estuvimos de la muerte y todos estamos agradecidos por haber logrado escapar de la emboscada. Y así, con la gratitud que sentimos por nuestras vidas, estamos más decididos que nunca a seguir atendiendo a todos aquellos que nos necesitan.

El conductor de UNICEF se está recuperando de sus heridas y de la operación. Los equipos de UNICEF siguen proporcionando asistencia en el terreno.

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