A favor o en contra de la concienciación: en muchas escuelas no hay una respuesta clara

“Nos faltan modelos que sirvan de ejemplo positivo para tratar de reducir la violencia”, explica, con el ceño fruncido, el inspector de la escuela de Jacmel. “Mucha gente crece recibiendo golpes durante toda su infancia, y por eso consideran el castigo físico infantil un paso habitual del proceso de hacerse adultos”.

Después de dos días en Jacmel, en el Departamento Sudeste de Haití, vuelvo a Puerto Príncipe con más conocimiento de las causas y las consecuencias de la violencia en las escuelas, pero con menos esperanzas de que se logre acabar pronto con este fenómeno.

El castigo físico se prohibió oficialmente en Haití en 2001, si bien estudios recientes demuestran que la violencia infantil sigue siendo una práctica común en todo el país. Según estimaciones de una encuesta llevada a cabo por el Centro de Control de Enfermedades en 2012, uno de cada cuatro niños habían sido víctimas de abuso sexual [un 25,7% de mujeres y un 21,2% de hombres de entre 18 y 24 años de edad] y más de la mitad de los niños había sido víctima de violencia física [un 60,5% de mujeres y un 57,2% de hombres de entre 18 y 24 años] antes de cumplir los 18 años. Mientras que la mitad de todos los niños encuestados aseguraron haber sido víctimas de violencia por parte de un miembro de su familia, uno de cada cinco sufrió los abusos de un adulto con un cargo de autoridad en su comunidad, como un maestro o un oficial de policía. Resulta triste imaginar que personas que deberían inspirar confianza y seguridad terminen por provocar miedo. En 2012, UNICEF llevó a cabo un análisis de la situación que reveló que un 63% de los niños habían sido víctimas de agresiones psicológicas, frente a un 78% que había sufrido castigos físicos.

dos niños juegan con una pelota
Haití, Jacmel, unos estudiantes juegan en el patio de su escuela.

A pesar de que la ley la prohíbe, la violencia sigue siendo una práctica aceptada y consentida en Haití. Aunque se practica, sobre todo, con la intención de limar la conducta infantil, no cabe duda de que (en palabras de mi colega Saintil) “la violencia es perjudicial para los niños en todas sus formas, pues causa daños físicos y emocionales. Además, la violencia que se comete contra los niños en las escuelas los lleva, a menudo, a abandonar su educación”. En resumen, no solo es inaceptable, sino que además es contraproducente como medida disciplinaria.

Es necesario adoptar un nuevo enfoque, ya que la violencia persiste a pesar de las diversas iniciativas que han llevado a cabo el gobierno y sus aliados. El cambio individual debe preceder al cambio social. Para establecer un entorno de aprendizaje positivo, los maestros deben conectar emocional e intelectualmente con la idea de la disciplina positiva.

Muchos ya han comprendido la importancia de proteger a todos los niños y niñas de que les hagan daño: “Un niño es un ser sagrado. No puede existir un motivo para hacerle daño”, sostiene con convicción Nono, un inspector escolar del sudeste del país. Sus propios hijos y sus estudiantes ya han recibido los beneficios de este punto de vista tan enriquecedor. La semana pasada, él y otros 35 inspectores participaron en una formación destinada a promover un enfoque positivo sobre la disciplina, que tomó como punto de partida la sensibilización de los principales interesados.

Esta iniciativa, llevada a cabo con la ayuda de UNICEF, arrancó como un proyecto piloto en las comunidades de Jacmel, Marigot y Cayes-Jacmel, y se centró en la mediación y la gestión de conflictos. Nono y sus compañeros seguirán formando a los profesores, inspirándolos para sustituir la rabia por empatía y los palos por motivación. La dificultad residirá en motivar a los profesores a adoptar un comportamiento nuevo, ya que algunas de las causas que podrían originar ese comportamiento agresivo, como la frustración por la situación profesional o un entorno de vida difícil, permanecen intactas.

Durante la primera fase del proyecto, se asientan las bases para crear escuelas pacíficas mediante la elaboración, la adopción y la evaluación de un Código de Conducta, además de la sensibilización de profesores y padres. En la segunda fase, se trata de intensificar la lucha contra la violencia en la escuela y a nivel nacional mediante un sistema nacional de supervisión para prevenir la violencia, el refuerzo de los “consejos escolares”, formados por adultos y estudiantes, así como un mecanismo de coordinación ya existente para controlar la violencia de las escuelas. No obstante, aún queda un largo camino por recorrer, como puede extraerse del comentario de un inspector: “Yo apoyo totalmente este proyecto, pero también conozco a mis profesores. Más que pedirles que dejen de pegar a sus estudiantes del todo, les diré que suavicen el uso de palos”.

Tratándose de un país donde la violencia contra los niños en las escuelas representa un gran “NO”, la posibilidad de eliminarla me parece posible e inevitable. Todo cambio comienza con un primer paso, y la semana pasada se dio un gran paso en Jacmel.

¡Sigamos caminando!

Cornelia Walther es jefe de Comunicación en UNICEF Haití.
 

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